Cristo y Bonnot. Un cuento navideño

El auto gris está detenido a la orilla de la depresión, junto al bosque (¿Qué ménsula se habrá tensado? ¿Cuál de sus conductos se habrá obstruido, negando el flujo a su núcleo?). Debajo del auto un joven se arrastra, se revuelve y reniega.

Por el camino, unos pasos silenciosos recorren la alfombra de hojas amarillentas (¡estamos en otoño, el triste otoño de todas las cosas!). Se acerca.

Es un vagabundo rubio, con el pelo largo despeinado y la barba partida a la altura del mentón.

No es atractivo, ni fuerte.

El viento podría doblar su delgada figura, barrer en la distancia su extraña fisonomía, que parece haber escapado de algún viejo cuadro carcomido por los gusanos; una de esas antiguas pinturas sobre fondo betún, de las que sobresalen figuras de cera.

Aunque sus labios son de esos que gustan besar y morder las pecadoras. Sus ojos, azules y brillantes, parecen mirar hacia dentro, hacia el alma, (más allá de la burda realidad de las formas) ofreciendo una mirada de cariño a quienes poseen conciencia para sentir el sufrimiento.

Se acerca, se agacha y pregunta en voz muy baja (al hombre que cansado, suda y blasfema).

– ¿Para qué te esfuerzas, hermano?

El hombre, sorprendido y preocupado, sale de debajo del auto, detrás de una rueda, con la cara manchada de grasa (un rostro enérgico de rasgos remarcados): en la sombra empuña el cañón de un revólver.

Dura su mirada, escudriña e indaga; después estalla en una carcajada alegre e irónica.

– ¿Para qué me esfuerzo? Para no vivir esa existencia que arrastras por los caminos del mundo, vagabundo.

Regresa a su sitio debajo el vehículo, mientras el otro, con la tranquila paciencia de alguien acostumbrado a esperas prolongadas, se sienta sobre el tronco de un árbol derribado. Mira hacia otros rumbos, a la lejanía.

Chirridos de tornillos que se ajustan, pequeños y precisos golpes metálicos, una cadena que se desenrolla y al fin sale el tipo de debajo de la máquina, da un salto y se sacude.

– ¿Cómo es qué sigues aquí? ¿Quieres que te lleve hasta el siguiente pueblo donde las monjas reparten platos con comida caliente a medio día?

– Te equivocas, hermano, no me gustan los traslados apresurados. Se llega al mismo lugar caminando tranquilamente.

– Es verdad, lo mismo se llega, si no mueres de hambre por el camino; llegas igual, pero desbaratado, enlodado y agotado; y cuando alcanzas tu destino, te das cuenta de que otros llegaron antes que tú y han tomado todo lo que podías llevarte. Por ejemplo; hoy ha bastado una descompostura para perderme un gran golpe.

– Un golpe inútil.

– Ahora tendré que esperar un mes para que vuelva a presentarse la ocasión, si es que se vuelve a presentar.

– Si volviera a presentarse, ¿qué expectativas tienes?

– Un buen fajo de esos papeles con denominaciones numéricas que te hacen obtener todo lo que quieras, en este mundo donde todo se vende.

– Eres pragmático y amargado.

– Soy lo que ellos querían que fuera.

– Supongamos que el portador del fajo, un anciano tal vez, se obstina en retenerlo; si grita, si forcejea.

– Lástima por él. La guerra es la guerra, y siempre cae antes el soldado que el comandante. Al final, él también es culpable.

– Él obedece, tiene un deber que cumplir; es fiel a él.

– Pero es la lealtad de los siervos lo que hace fuertes a los amos. Me dan tanto asco como los demás. Al diablo con los sirvientes.

– ¿Entonces quieres dominar?

– Quiero vivir y gozar.

– Trabaja.

– He trabajado durante muchos años. Trabajé de niño cuando los demás aún jugaban. ¿Y qué gané?

– Vivías con tranquilidad, ahora estás preocupado, olfateas a tu alrededor, estás al acecho.

– ¿Vivir tranquilamente? Pero tenía hambre de todo: de saber, de pan, de alegría, de amor. Los inútiles de arcas llenas vivían tranquilos, ellos estaban satisfechos mientras yo me partía el lomo trabajando el acero. Esos, a los que ahora les fastidio su fiesta, gozaban, se daban la gran vida. Todo les era posible, mientras todo me estaba negado a mí. Así se los hice ver a los miserables como yo, que estaban obligados a doblegarse bajo el mismo yugo degradante. Les dije, compañeros: injusto es el mundo, injustos son los hombres, injusto es Dios.

– Blasfemia.

– Les cuestioné. ¿Por qué la fatiga y la privación para nosotros? ¿Por qué la ociosidad y la abundancia para ellos? Para mis compañeros de trabajo, esa fábrica era una condena perpetua, donde entraban como hombres y salían como una bestias. Solo se encogieron de hombros.

– ¿Qué se le va a hacer? Desde que el mundo es mundo, siempre ha sido así.

– ¿Siempre así?

– Siempre. El yugo se ha hecho más duro y pesado cada que intentan quitárselo de encima. Resígnate, es el destino. Está escrito: “El que trabaja gasta su vida pobre y miserablemente; el que hace trabajar a los demás disfruta”. Lo mejor sigue siendo adaptarse, después de todo, el capital es un usurero que nunca está satisfecho, sin embargo, gracias a él se puede sobrevivir.

– El trabajo no pagado es la fortuna de otros. Nos están robando.

– Cierto, tienes razón, pero el mundo es de los ladrones.

– ¿De los ladrones? Entonces seré un ladrón; estoy cansado de que me roben.

– ¡Iluso! Ellos tienen la ley de su lado. Son ellos mismos la ley. Su robo es legal, se llama circulación de ganancias.

– Pero, ¿cómo comenzó?

– ¿Qué más da? ¿Quién sabe? A veces un antepasado empezó a robar para ellos. Tú solo vivirás de pequeños hurtos.

– Nada de eso. Extenderé mis garras hacia sus abundantes tesoros.

– Están bien defendidos.

– Me abriré el camino con las armas en la mano.

– Te podrás librar una o dos veces. Luego te darán caza, toda una manada contra ti, sus sabuesos te pisarán los talones.

– Un jabalí perseguido se vuelve y acomete.

– ¡Pero muere!

– Sin duda, pero tras haber vivido su existencia en libertad. Después de todo, el cordero también morirá degollado. El adaptarse no lo salva.

– Si no llegas a morir, cuando hayas reunido suficiente dinero, te convertirás en el buen ciudadano que vive de sus rentas. Con el dinero robado, te guste o no, también explotarás el esfuerzo de los demás.

– ¡No! ¡Eso nunca!

– Entonces, ¿para qué robas?

– Para disfrutar de mi vida, y vivirla plenamente. Para vengarme y castigar, pero también para ayudar. Este es mi sueño. El sueño de mis noches insomnes. Son pensamientos que se han establecido en mi mente. Escucha: Soy un bandido ilegal, a los bandidos legales les daré, con alegría desenfrenada, una hermosa y terrible batalla. Por eso estoy en este camino.

El vagabundo sacudió la cabeza y sonrió. Antiguo comensal de ladrones y prostitutas, se sentía extremadamente indulgente con los proscritos, lo que siempre había escandalizado a los fariseos.

– ¿Y cómo va tu batalla?

– ¡Como todas las batallas! Días inquietos, días de combate sin tregua. Noches de desenfreno, en compañía de diez o veinte desposeídos: luego, por la mañana, vuelta a la contienda. Días de caza en los que soy el perseguidor o el perseguido. Días de júbilo para celebrar la victoria conseguida con tanto esfuerzo. Luego, de nuevo, el combate cuerpo a cuerpo, los disparos, las salpicaduras sangrientas. Escapando por el bosque, por los tejados, fajos de billetes. Pero también tengo mis horas de disfrute, mujeres hermosas, la buena comida y un lecho que no magulle el cuerpo. Desprecio la ley, hago dormir mal a los amos y canso a los mejores sabuesos.

– ¿Y eso es todo?

– A mi me basta, me embriaga.

– ¿Y los ladrones legales?

– Chillan y se arman.

– ¿Y tus antiguos compañeros de condena?

– ¡Los imbéciles! me creen loco.

– En realidad, eso eres.

– Si alguien más me lo dijera. Pero si tú no eres más que una piltrafa humana, un derrotado que ha abandonado la lucha. No sonrías. Tus harapos protestan contra tus sonrisas. Loco, mi estimado, es el que se deja morir de hambre mientras prepara el festín para los demás. Yo tomo de donde hay en exceso.

– Acabarás mal y demasiado rápido.

– Tal vez, pero habré vivido.

– Por un tiempo.

– Mejor que nada.

– La injusticia seguirá gobernando el mundo, como antes.

– Si el mundo así lo quiere, que así sea. No es culpa mía.

– Deberías seriamente trabajar para eliminarla.

– ¿No es, acaso, lo que hago? ¿No estoy llevando el terror allí donde la injusticia acumula sus dividendos de goce en beneficio de unos pocos privilegiados?

– No haces nada que deje un surco profundo, tu camino conduce al abismo.

– Porque todos los que sufren no tienen la audacia de seguir mi ejemplo.

– ¿Y si se atrevieran? Piensa en las feroces batallas, en los que morirían.

– ¿Los que morirán? Suma los muertos en las inútiles guerras, suma a los que mueren en la miseria cada día, a los que, agotados por la tuberculosis y las privaciones, se llevarán los vientos de otoño. Agrega a quienes se suicidan por el hambre, y ni mencionar a los que tritura la maquinaria o son engullidos por las minas.

– Entonces, cuando todo esté quemado y destruido, ¿No habrá mayor miseria y más extensa?

– Entonces podremos ver; por ejemplo, rehacer el trabajo, en beneficio de todos.

– Entonces la rueda volverá a girar de nuevo: el ser humano volverá a la vida salvaje, y serán los más fuertes y astutos los que reorganizarán la vida en su beneficio. Tu destrucción es ciega; es una locura. No purifica, embrutece. El camino está en otra parte.

– ¿Será el camino que tu recorres, descalzo?

– Lo es.

– Al final de tu camino hay una sopa, la mendicidad, hecha con sobrantes.

– Al final está la paz para todos. Mírame a la cara.

– Lo he estado haciendo desde que llegaste.

– Mírame, ¿no recuerdas haberme conocido antes?

– No lo creo, espera. De pequeño, en una iglesia del campo (una de esas iglesias húmedas y frías, donde los candelabros son de madera y los adornos de papel, donde Dios se hace humilde para predicar su ejemplo a los miserables) vi una estatua de yeso mal pintada, llena de polvo, que se parecía a ti.

– ¡Era yo!

– ¿Tú? Quieres hacerme estallar de risa. Hay quien niega que el hambre crónica provoque alucinaciones en el cerebro ¿Tú, Jesús? ¿El que, según mi abuela (cuando no podía darme un pastel, me contaba un cuento) se hizo clavar en la cruz para salvar a todos los hombres?

– ¡El mismo!

– ¿También habrás muerto por mí?

– También. Sobre todo por ti.

– A ver. No salvaste a nadie, ni siquiera a ti mismo ¿No lamentas hoy la inutilidad de tu sacrificio?

– No me arrepiento de nada, y subiría al Calvario una vez más.

– ¿Y después?

Cristo inclinó la cabeza.

– ¿Para qué entonces?

En las largas vigilias de su conciencia (en el desierto que el pensamiento hace alrededor, aunque se esté entre la multitud) eso le había angustiado y torturado tantas veces. Pero se recompuso. Sacudió la cabeza como si quisiera liberarse de un íncubo, y con su hermosa voz dijo:

– Satanás, ¿por qué me tientas? Créelo. El sacrificio tendrá su revancha y recogerá la cosecha que la sangre ha fecundado, incluso en el terreno más pedregoso.

– ¿Cuándo?

– No te preocupes, el día llegará.

– ¿Vendrá? Pero mi vida es ahora.

– La vida es eterna y nosotros reviviremos en aquellos que vendrán después.

– Esos son cuentos. Nacemos y morimos. ¿Por qué, entonces, entre la cuna y la tumba, para algunos solo hay alegría y para el resto tristeza?

Cristo quedó un instante pensativo. En otra época, hablaría de la gloria que espera a los hombres al lado del Padre; del reino de los cielos, cerrado a los pecadores pero abierto a los humildes y a los pobres de espíritu. Mas divinidad encarnada, arraigado en el Olimpo de los sueños, hombre constreñido a vivir la vida del hombre, se agitó durante mucho tiempo por rebeliones intempestivas y agrias contra el Padre que lo sabía todo, que lo quería todo, y que, pudiéndolo todo, permitía sin embargo que los seres y las cosas se torturaran mutuamente, solo para distraer su enojo eterno. ¿No se había señalado el destino del hombre desde el primer momento? ¿Por qué el mensaje de salvación, si el Bien y el Mal debían enfrentarse inútilmente, como estaba previsto, en el espacio y en el tiempo? Pero él, el Cristo, nunca renunció a su sueño personal de paz y amor.

Levantó la cabeza; sus ojos brillaban y una extraña fascinación irradiaba ahora de toda su persona. De pie, con los brazos abiertos y la frente alta, habló:

– Hermano, entra en ti mismo, desciende a lo más profundo de tu alma. En un rincón, el más profundo, hay un tesoro que vale por todos los tesoros. ¿Por qué te esfuerzas en ser lo que no eres? El odio te agita y te desespera; pero el amor está en ti. Está en todos los hombres, en verdad. Reniegan de él, los apetitos; las pasiones lo sofocan; pero su pequeña llama arde descuidada. Anímala con el soplo de tu voluntad y se convertirá en una llama purificadora. No te digo que te adaptes al mal y lo sufras. Pero tú quieres oponer violencia a la violencia. Es un desahogo, no una liberación. No se puede construir el edificio de la paz con arcilla ensangrentada. El mal te aplastará si lo refrendas. Hay que acabar con el mal negándose a hacerlo o a servirlo. Esto, créeme, requiere un heroísmo mayor que cualquier otro acto, pues no ofrece otra gloria en compensación que la íntima satisfacción de no haber sido arrastrado a los remolinos de la violencia y el crimen.

– ¡Lindas palabras!

– Hay que hablar como hermanos a los hombres cuyas mentes estén contaminadas por el error. Basta con apelar a su humanidad. La tranquilidad de todos presupone un estado de paz; no habrá paz mientras no haya justicia. Amigo mío, sé justo contigo mismo y con tu prójimo. No juzgues. Persuade. Deja en paz al opresor si no quieres ser oprimido.

– ¡Hermosas palabras!

– Esto debe ir seguido de obras, es decir, de buenas obras, obras coherentes animadas con el pensamiento.

– ¿Cuánto tiempo llevas predicando este evangelio?

– Casi dos mil años, y otros lo han predicado antes de que yo apareciera.

– ¿A cuántos has convencido?

– A muy pocos ¡Demasiado pocos, por desgracia!

– Así que ya ves, tu prédica es estéril.

– No es por el terreno, es por la falta de trabajadores de buena voluntad. ¿Quieres ser uno de ellos?

– No, no quiero ser uno de ellos. Me pides que renuncie a lo poco que aún puedo conquistar a cambio de una ridícula compensación. Compensación que no me quita ni una arruga, ni me ahorra un golpe. Moriste por nada y continúas tu apostolado en vano. Si yo no resuelvo nada, al menos me vengaré. Tú solo se creas gente resignada. Personas que esperan un milagro.

– Ese es su error. Los milagros no surgen espontáneamente. Hay que construirlos día tras día. ¿Quienes los construirán? Aquellos que están atormentados por la miseria y que, impotentes ante todas las vejaciones, tendrán que someterse o rebelarse, aunque rebelarse sea suicida. Que unan sus miserias; ¡Que se imponga una resistencia pasiva! Pero también es necesario abordar a los demás. Dondequiera que haya hombres de buena voluntad.

– Que lo demuestren, no añadiendo palabras a las palabras. Pero las horas pasan. Tienes tiempo para ti. No sé lo que me espera esta noche o mañana. Te dejo. Aquí hay algo de dinero.

– No lo quiero.

– Dáselo a la primera persona hambrienta que encuentres.

– El dinero corrompe. La redención debe realizarse mediante la palabra que ilumina.

– Me voy. Sin embargo, me gustaría ayudarte. ¿Por qué no vienes conmigo? Si no me detienen, tengo suficientes recursos para platicar un mes contigo. Comeremos algo y luego podemos ir juntos a pelear contra lo injusto.

– ¿Por qué no abandonas el auto? ¿Por qué no arrojas los billetes al viento? Cuando no sientas su peso, tu conciencia será diferente. Entonces, puros de espíritu, iremos a los lugares donde la gente sufre, para llevar palabras de esperanza.

– Nos mandarán al diablo.

– Entraremos a las casas de los ricos para reprocharles sus culpas

– Los guardias llamarían a la policía.

– ¡Veo que eres obstinado!

– Estoy decidido.

– Adiós, hermano; yo sigo mi camino; otros me escucharán.

– Yo también seguiré el mío. Antes de que me atrapen, entenderás lo que digo.

Los dos hombres estrecharon sus manos. Bonnot, a pesar de todo se sentía triste. Los ojos de Cristo se humedecieron. El auto encendió, y luego, bajo el impulso de su potente motor, avanzó.

Por el camino polvoriento que conducía a ciudades lejanas, Cristo reanudó su ardua marcha, seguramente hacia un nuevo Calvario.

Por la misma ruta, pero en dirección opuesta, hacia la inmensa ciudad, –donde cada noche Epulón celebra sus fiestas, mientras que, por las ruinas oscuras, vaga Lázaro, como un perro rabioso, azotado por la intemperie, vencido por el hambre– corría el automóvil gris, hacia la lucha sin cuartel del bandido ilegal contra los bandidos legales.

Después, ambos desaparecieron.

Uno predicando amor y resistencia pasiva al mal, en el tiempo en que este iba en aumento debido al delirio bélico. El otro, como lo había previsto, cercado en su refugio gastando su último cartucho, pisoteado y masacrado por el fanatismo nacionalista. Y en el mundo, la injusticia como antes, peor aún

¡Ah, si en vez de seguir caminos separados, estos dos hombres se hubieran unido y ayudado mutuamente! Si por otro camino, igual de fatigoso, el cansado caminante hubiera transformado la violencia desesperada del otro, ofreciéndole un objetivo más amplio que el fugaz e incierto”goce de vivir” del insurrecto individualista.

Si el otro hubiera apoyado la prédica de la fe, que mueve montañas solo si se ayuda de la fuerza, con el brazo potente que derriba obstáculos. Quizá hoy… ¿quién sabe?

Pero ambos volverán al mundo. Que en su próximo encuentro se entiendan y se asocien. Y que marchen juntos, sumando todos sus heroísmos por un nuevo camino. Con todas sus violencias y con todas sus bendiciones.

Destruyendo y sembrando al mismo tiempo.

Gigi Damiani

1927

Contrapuntos

Las estrellas que conforman una misma constelación
pueden estar separadas por enormes distancias, así
como distintas pueden ser las dimensiones y el brillo.

Trataré de hacer una crítica, aunque parcial, del proyecto insurreccionalista y de la tesis armada, con una intención constructiva, explicando mi visión de la planificación anarquista y las modalidades con las cuales me gustaría organizarme. Me concentraré en el problema del crecimiento individual y colectivo, (“colectivo” para entenderse no es un todo abstracto y ambiguo, sino un grupo de  compañeros que eliges) que no puede ignorar la cuestión de cómo coordinarse tanto dentro de un grupo anarquista como con otros grupos, en la así llamada organización anarquista por afinidad.

Primero, es necesario contextualizar el período en el que se elaboró la tesis del proyecto insurreccionalista de los 70s: habían otras tensiones sociales, el movimiento real fue consistente y el movimiento anarquista específico ya estaba lo suficientemente polarizado. Hoy la situación es radicalmente diferente, desde todos los puntos de vista. Por lo tanto, creo que extrapolar estas teorías del contexto histórico, aplicándolas sin modificarlas ni contaminarlas, conlleva el riesgo de una idealización estéril. Además, el devenir cambiante de la realidad, de las luchas y del “movimiento” anarquista nos pone frente a nuevos métodos (y medios de coordinación) surgidos recientemente en el contexto de las luchas en Grecia, Italia, América del Sur, etc. hacia las cuales es importante no plantearse con un enfoque dogmático. Creo que es necesario hacer el esfuerzo de examinar las experiencias vividas, tanto por nosotros como por otros compañeros en el pasado, extrayendo ejemplo de lo que funcionó e identificando lo que no ha resultado útil a la hora de la práctica.

Personalmente creo que, a pesar del hecho de que la realidad nos ofrece muchas posibilidades, a fuerza de seguir los plazos de las luchas intermedias, muchas veces se pierde calidad. El radicalismo que debe distinguir a los anarquistas se ha ido diluyendo, ya que la proyectualidad pierde filo, limitada a luchas específicas. La organización del proyecto anarquista, incluida la tesis armada, parece haberse archivado para cuando sea la insurrección, adaptando el nivel del conflicto al alcance de las luchas intermedias o de un débil movimiento real.

Entre otras cosas, no estoy de acuerdo con lo que se dice de la insurrección, que se construye según reglas suficientemente conocidas y atendibles. En realidad no hay reglas ni orden, el movimiento real no es progresivo, salta hacia adelante y luego se estanca, es caótico y muchas veces ilegible. La acción que es perfecta para hoy mañana podría estar “demasiado adelantada”. Está bajo nuestros ojos la imposibilidad de reducir a reglas lo mutable e imprevisible del mundo que nos rodea (y, por tanto, también la posibilidad insurreccional). Esta indeterminación es evidente, es variable y múltiple como la vida misma. Muchas prácticas adoptadas, en luchas específicas y por el movimiento real, han sido forzadas, y no debido a análisis elaborados sobre el llamado “puente” entre el grupo anarquista específico y el movimiento real, sino por los impulsos que nacen de sentimientos espontáneos y viscerales del instante. Otros forzamientos, en cambio, han sido fuertemente influenciados por análisis de luchas intermedias. Es la alquimia de todas las formas y de otras circunstancias inesperadas lo que hace que la lucha se generalice.

De esto deriva que algunos intentos puedan ser contraproducentes y otros no, pero será difícil preverlo de antemano. Esperar el movimiento real, sin un simultáneo crecimiento individual y colectivo, es en mi opinión altamente contraproducente y nos priva de la posibilidad de elaborar una proyectualidad anarquista. El ataque constante y permanente en el aquí y ahora requiere en primer lugar una preparación que es crecimiento en sentido cualitativo, experimentación, práctica de métodos, técnicas y medios, reflexión teórica profundizada, constante entrenamiento de la tensión esencial en la lucha de rebeldes y revolucionarios anarquistas. No es una fórmula aritmética, no puede ignorar el camino anterior y, por tanto cambia, depende del individuo, de los compañeros que elija, de la situación a su alrededor, de cómo ha preferido ponerse a actuar. No nacemos sabiendo, el auto-aprendizaje es difícil y agotador, a veces desalentador, pero también puede dar satisfacciones inesperadas y, sobre todo, no está fuera de nuestro alcance.

Las pequeñas acciones reproducibles no deben abandonarse, pero debemos superarnos a nosotros mismos, experimentar con los medios disponibles para poder elegir el más adecuado en cada situación. No se trata de un aprendizaje como fin en sí mismo, sino que es parte del proyecto que se alimenta de una mirada que va más allá. Más allá de las condiciones dadas, los caminos trazados, los rituales de las protestas, en busca de la eficacia y la mejora continua fundamentales para los golpes lanzados tanto en el presente como en el futuro. Esta es la base que puede unir a anarquistas de diferentes tensiones. Una planificación clara puede desencadenar un mosaico de ataques cualitativamente significativos, lo que permitiría el desarrollarse de una planificación anarquista fuerte incluso en presencia de proyectos insurreccionales no homogéneos. Esto puede suceder cuando, a pesar de la diferencia en las tensiones metodológicas, existen afinidades que permiten una coordinación de anarquistas con diferentes formas de organización. El crecimiento, de hecho, no es solo individual, sino también colectivo. Lo cual nos lleva hacia las formas en como nos organizamos.

Deberíamos reflexionar más sobre este tema, ya que a menudo nos limitamos a la coordinación espontánea, al azar o a las evoluciones implícitas en una lucha específica a seguir, sin haber sido una elección tomada. La importancia de los grupos de afinidad próximos, sus grados de implicación, la coordinación entre ellos con el grupo anarquistas local y la coordinación entre otros grupos anarquistas, son todos elementos a construir, y no son pasos simples u obvios.

Comprender la conexión entre los grupos de afinidad y el grupo anarquista local específico permitiría enfocar mejor las fuerzas de los individuos y los grupos de afinidad, aunque con diferentes metodologías y tensiones, hacia objetivos comunes, proyectos específicos o generales. Con este fin, una planificación clara de las personas, los grupos de afinidad y el grupo anarquista local específico es un requisito esencial para comenzar a construir una base de proyecto para una organización informal cualitativamente sólida. Esto haría posible, dentro del grupo anarquista local, un entrelazado caótico similar a una telaraña de personas de ideas afines con diferentes grados de tensión, que se coordinan mediante el intercambio de experiencias, métodos, medios y técnicas basadas en las diferentes afinidades.

Caótico pues siempre debe dejarse espacio para el entrelazamiento del libre acuerdo a la espontaneidad y a la tensión individuales, en un juego simbiótico y alquímico entre organización y espontaneidad, complicidad y autonomía individual. Un término apropiado para referir esto es el de una galaxia anarquista de afinidad, que indica una proyecto anarquista expresado como coordinación caótica de grupos e individualidades heterogéneos y afines. Esto es posible cuando se elige expresamente coordinarse con compañeros que tienen diferentes métodos y proyectos a través de una confrontación sincera, ni arrogante ni dogmática. La sinceridad es muy importante, pues solo poniendo las cartas encima de la mesa se puede entender, fuera de inútiles dogmatismos, si las tensiones pueden coexistir o si están enfrentadas, quizá con diferentes caminos metodológicos pero aún entrelazados.

Obviamente, la confrontación no es suficiente, también es necesario experimentar en el campo, aprendiendo a juntar las diferentes fuerzas, sin tener miedo de repartirse las tareas que requiere un importante accionar organizado, de modo que el ataque sea incisivo sin la necesidad de convertirse en especialista, como temen algunos camaradas. Así podría alcanzarse ese equilibrio sutil que permite la existencia de un todo no hegemónico que deje espacio para el entramado coordinado y espontáneo del grupo anarquista.

En cuanto a la coordinación entre los diferentes grupos anarquistas, creo que hoy más que nunca, existe la necesidad de comunicación mutua, sincera, sencilla y no dogmática, para plantearnos seriamente la cuestión de construir un “área” anarquista fuerte – en un sentido cualitativo, no cuantitativo – y también, eventualmente, armada. Por ejemplo, la cuestión de las siglas y el anonimato. Creo que son medios, y que deberían ser analizados, discutidos y utilizados como tales. Ambos aportan ventajas y desventajas, y cada cual puede elegir el que más le convenga, en general o para una sola acción.

En los últimos años, la reivindicación ha adquirido nuevas connotaciones, convirtiéndose en un medio de comunicación y coordinación entre anarquistas. Esto no significa que deba ser necesariamente el único medio utilizado para este propósito, así como, por otro lado, su uso no implica automáticamente la búsqueda de fama, la construcción de una partido armado o una vanguardia. Además, dinámicas de liderazgo también se crean en las asambleas. No es una coincidencia que a menudo suceda que aquellos que saben escribir, hablar y teorizar mejor se conviertan, de cualquier manera, en una especie de jefe. Pero las asambleas, así como los escritos y debates, también son medios útiles. Siempre hay riesgos de vanguardia, liderazgo y especialización, pero una planificación clara y una práctica coherente lo pueden evitar.

Un discurso similar se aplica a Internet (siendo conscientes que es un instrumento de la dominación), al que a menudo se le asignan valores absolutos. Ciertamente ha demostrado ser útil y no debería evaluarse a priori, sino por los resultados obtenidos. Hay quienes lo usan como el único medio de comunicación, pues consideran que no conocerse personalmente hace que el trabajo de la represión sea más difícil. Creo que es mejor correr ese riesgo pues, de útil herramienta de coordinación, Internet puede convertirse en un medio de confrontación entre compañeros, además creo que reconocerse en otras personas es parte de la acción directa. Por otra parte, Internet es una herramienta fácilmente controlable y manipulable por la autoridad. En fin, creo que es posible identificar objetivos comunes y coordinarse con otros camaradas anarquistas, demoliendo las múltiples tiendas.

Haciendo un balance de las luchas emprendidas en el pasado, más o menos cercano, reconectar las relaciones entre las diferentes constelaciones, hacer que nuestra galaxia brille más intensamente para desestabilizar a la autoridad y crear el caos destructivo entre sus filas.

Tengo una tensión individualista o, como prefiero llamarla, individual, que para mí no es sinónimo de querer luchar en soledad. Por eso me cuestiono qué puede interesarme y ser útil de un proyecto de crecimiento que tienda hacia el método insurreccional o revolucionario. Todas las revoluciones han dado lugar a autoritarismos y dictaduras (como afirma E. Armand *), por lo que no me considero revolucionario, pero esto no significa que prejuzgando haya excluido dicha planificación. Esto se debe a que no quiero encasillarme en una metodología a priori, sino que deseo utilizar diferentes métodos, si son útiles, adecuados o agradables para mis propósitos, sin encerrarlos en compartimentos estancos, contaminándolos y mezclándolos, pescando de aquí y allá, sin detenerme en alguno. En un crecimiento infinito de la vida/lucha, en búsqueda continua de mi ser auto-liberador. Esta es la esencia de la anarquía: un proyecto ilimitado, permanente y en movimiento. «Y luego, veremos … Solo sé que el anarquista está en lucha permanente. Después otra nueva lucha». (Bruno Filippi).

Juan Sorroche

Publicado en la revista anarquista “I GIORNI E LE NOTTI” nº 1 – 05/2016 – de la cual soy uno de los redactores. Escrito antes de mi clandestinidad (que duró dos años). Mi captura y encarcelamiento ocurrieron en el mes de Mayo.


* “En la mayoría de los casos, los individualistas no son revolucionarios en el sentido sistemático y dogmático de la palabra. Sostienen que una revolución no aporta, más que una guerra, una verdadera mejora en la vida del individuo. En tiempos de revolución, los fanáticos de los partidos rivales y de las tendencias en lucha se preocupan más que nada por dominarse ente sí, y para conseguirlo se lastiman con una violencia y un odio muchas veces desconocido en ejércitos enemigos. Como la guerra, una revolución puede ser comparada con un acceso de fiebre: el enfermo se comporta de una manera muy distinta a la habitual. Pasada la fiebre, el paciente regresa a su estado anterior. La historia nos enseña que después de las revoluciones siempre se producen contramarchas que las apartan de sus objetivos originales. Es necesario, entonces, comenzar por el individuo. Esta noción debe propagarse de hombre a hombre: es criminal forzar a alguien a reaccionar de otra forma a la que él cree útil, ventajosa o agradable para su propia vida, su propio crecimiento y su propia felicidad. Que este crimen sea cometido por el Estado, por la ley, por la mayoría o por un individuo solitario no modifica el problema: es el mismo crimen. De hombre a hombre debe comunicarse el ideal del “individuo” que reacciona frente a “lo social”. Estas concepciones, como dije antes, deben ser fruto de una reflexión, o consecuencia de un temperamento reflexivo, y no el resultado de una sobreexitación pasajera, extraña a la naturaleza de quien las reivindica.” (E. Armand, Individualismo Anarquista)

Tomado del folleto “Los dos dragones de mi anarquismo”.

Nietzsche

 

Nietzsche fue un gran filósofo y un fino poeta. Su individualismo y el mío tienen mucho en común. Su exaltación del individuo, su evaluación sobre el egoísmo, su rechazo a todas las ataduras religiosas, morales y sociales que oprimen la personalidad, su reconocimiento de que el impulso legitima todas nuestras acciones puesto que solo a través de él el ego puede obtener todo lo que desea. Todas estas ideas constituyen lugares comunes entre ambos.

Incluso la idea de que “el hombre es el puente entre el bruto y el superhombre, un puente sobre un abismo profundo” es también común para ambos- incluso si para Nietzsche el puente conduce a personalidades como Alejandro Magno, César o Napoleón, mientras que para mí a personalidades como Corrado Brando o Jules Bonnot. Tanto el anarquismo como el imperialismo son hijos del individualismo, en la medida que nacen de la necesidad del individuo de ser libre, de no someterse a nada ni a nadie, de expandir su propia vida a su más plena expansión, incluso oprimiendo a otros si el individuo llegase a creerlo necesario, y tuviera la fuerza para hacerlo.

Partiendo como Corrado Brando, el individuo bien puede acabar siendo como César, el tirano. Mas el egoísmo puede germinar dentro de cualquiera. Si los sentimientos individualistas son generalizados, si la humanidad se disuelve en personalidades separadas, libres, resueltas e independientes, todas y cada una negándose a ser sometidas por otros, entonces se vuelve prácticamente imposible para el imperialismo ser una forma de dominación. Cada individuo resistiría a cualquiera que intentase dominarlo. Si cayese derrotado en batalla, no se volvería un esclavo, y si lograra ganar en combate, sería para mantener su libertad y vivir una vida sin amos.

Así es como haríamos emerger una anarquía que nunca podría transformares en una “egorquía” [1] debido al equilibrio oscilante que existiría entre los mismos individuos consientes que hayan desarrollado al máximo sus habilidades para resistir a los agresores y contraatacarlos con decisión. Alcanzaríamos así un estado natural, una post historia conquistada por individuos distintos de aquellos que han conquistado la historia – caracterizada por el sometimiento de las masas gregarias a la voluntad de unos cuantos líderes que las usaron como carne de cañón. Esta post historia – la cual creo tiene posibilidades de suceder en el futuro- es ajena para Nietzsche. El creía que todo debía eternamente repetirse en sí mismo, deslizándose siempre a lo largo de los rieles de la historia. De esta idea emerge la posibilidad de triunfo del imperialismo, de la dominación de unos cuantos hombres superiores sobre la multitud de débiles y cobardes, los cuales continuarán siéndolo puesto que su gregarismo está tan enraizado en ellos y ellas, que sienten la necesidad profunda de una comunidad y de sus respectivos amos.

Despertar sentimientos individualistas en las almas de estos esclavos es imposible. Aunque son sentimientos dados a los humanos por naturaleza, solo unos cuantos los poseen hoy, debido al condicionamiento de manada que somete al resto. Desde que comenzó el hombre [escribió Nietzsche] ha habido hordas (asociaciones de familias, comunidades, pueblos, Estados, iglesias) y siempre los que obedecen son muchos comparados con el pequeño número que los comanda. Considerando, entonces, que el hombre ha sido largamente entrenado para obedecer, es fácil suponer que el hombre promedio actual tiene una necesidad innata de obedecer y toma forma de una conciencia que sigue órdenes: debo absolutamente hacer esto, no debes en lo absoluto hacer eso – en una palabra, “él debe”. El hombre busca satisfacer esa necesidad y le otorga un motivo.

Desde esto Nietzsche deduce lo siguiente: Según sea la fuerza, la impaciencia y la energía de esta necesidad, las hordas humanas hambrientas y sin elección aceptarán todo lo que aquellos quienes los comandan les susurren a los oídos, ya sean padres o maestros, condicionamientos de clases u opinión pública. En Europa hoy, el resultado se traduce en que los hombres con conducta de ganado se dan aires de ser gente cabal y glorifican aquellas cualidades que los hacen útiles a la manada como si fueran las únicas cualidades virtuosas. Todo esto es perfectamente cierto y lo ha sido a lo largo de la historia. Mas los humanos fueron naturalmente individualistas al comienzo y solo después se volvieron gregarios – o con pensamiento de ganado- por mero accidente, desarrollando su sociabilidad original, de relaciones libres y casuales, en una con nuevas necesidades. Si el egoísmo fundamental y el particularismo, que aún se manifiestan en algunos individuos, duermen aún en el subconsciente de todos nosotros y pueden ser despertados por un estímulo de circunstancias excepcionales (como la destrucción de la civilización), ¿quién podría asegurar que ese individualismo subconsciente no emergería a la superficie del hombre y lo conduciría, una vez más, hacia una forma de vida libre y espontánea?

La teoría de Nietzsche sobre el Eterno Retorno no ha sido probada, ni lo será. Esta teoría sugiere que cada elemento se repetirá en el futuro como fue en el pasado y que incluso si retrocedemos al principio de todo, esto comenzará y se reproducirá de la misma forma y con la misma substancia con la que sucedió antes. Se sugiere entonces que no existe posibilidad de nada novedoso y que la única alegría y nota heroica en este mecanismo frío y ciego es la revuelta espontánea de un superhombre que rompa con la monotonía de la vida ordinaria, brille en su rareza y genialidad para luego desaparecer, destruido por la máquina que continuará su trabajo eterno y absurdo.

Pero esta concepción de Nietzsche, inspirada en gran parte por otros seguidores del pensamiento Pitagórico, no está probada y por lo tanto podemos aun suponer que la vida conocerá eventualmente la novedad y que el cosmos expresará el caos original. Y que este mismo caos de energía perpetua producirá combinaciones infinitas que serán variadas y opuestas. Dejados llevar por esta intuición podemos librarnos de la opresión causada por el determinismo frío y árido que sugiere Nietzsche y cobijarnos en el calor de la energía creativa que por su exuberancia, no puede subordinarse a ningún plan preestablecido como aquél del Padre Eterno cristiano, si no que se desarrollaría espontáneamente en las infinitas variables de la existencia. Así y de este modo, el superhombre no estaría condenado a manifestarse en efímeras excepciones. La vida puede dar un giro en nuestro mundo. Con mayor o menor éxito, todos quienes se liberen de la mentalidad de las hordas pueden conducirse a si mismos a la figura ideal del superhombre. ¿Vivirán estos liberados en una amoralidad espontánea, o en la moral inmoral sugerida por Nietzsche, que revierte la ética para reivindicar como virtud todo aquello que la cristiandad ha degradado como pecado?

El deber es siempre una ley que oprime al individuo. El deber de ser duro, cruel y dominante cuando no quiere serlo es tan opresivo como el deber de ser misericordioso cuando uno no halla en sí mismo misericordia. Conquistar y ganar – sí. Pero si no es nuestra inclinación la de conquistar y ganar podemos renunciar a ello, incluso si al hacerlo tengamos que pagar con nuestras vidas o de alguna otra forma.

La existencia es espontaneidad.

Nietzsche ha creado una nueva disciplina. Yo, que rechazo toda las disciplinas, reniego incluso de esta. Incluso así, lo considero muy cercano a mi mismo.

 

Enzo Martucci


Nota:

1. El concepto, inusual cuando menos, no resulta claro si intenta referirse a un gobierno personalista (con un “ego” a la cabeza) o a una sociedad “dominada por el ego”, o bien una tercera y completamente distinta aceptación. Dejemos que “egorquía (traducido del inglés “egorchy”) cause en los lectores la ambigüedad que por descuido o provocación parece querer causar. (N. del T.).

Traducción Arnaldo Jiménez.

 

 

 

El anarquista individualista en la revolución social

1

El individualismo anarquista tal como lo entendemos -y lo digo porque un puñado sustancial de amigos piensan esto como yo- es hostil a toda escuela y a todo partido, a toda moral eclesiástica y dogmática, así como cada imbecilidad más o menos académica. ¡Toda forma de disciplina, gobierno y pedantería es repulsiva para la nobleza sincera de nuestra vagabunda y rebelde inquietud!

El individualismo es, para nosotros, fuerza creativa, juventud inmortal, belleza exaltante, guerra redentora y fructífera. Es la maravillosa apoteosis de la carne y la trágica epopeya del espíritu. Nuestra lógica es la de no tener ninguna. ¡Nuestro ideal es la negación categórica de todos los otros ideales para el mayor y supremo triunfo de la vida actual, real, instintiva, temeraria y alegre! Para nosotros, la perfección no es un sueño, un ideal, un enigma, un misterio, una esfinge, sino una realidad vigorosa y poderosa, luminosa y palpitante. Todos los seres humanos son perfectos en sí mismos. Todo lo que les falta es el heroico coraje de su perfección. Desde el momento en que los seres humanos creyeron por primera vez que la vida era un deber, un llamado, una misión, ha significado vergüenza por su poder de ser, y al seguir fantasmas, se han negado a sí mismos y se han distanciado de lo real. Cuando Cristo dijo a los seres humanos: «¡sean ustedes mismos, la perfección está en ustedes!» lanzó una excelente frase que es la síntesis suprema de la vida.

Es inútil que los fanáticos, los teólogos y los filósofos hagan todo lo posible con sofismas engañosos y dialécticos para dar una interpretación falsa de las palabras de Cristo. Pero cuando Cristo habla de esta manera a los seres humanos, rechaza todo su llamado a la renuncia, a una misión y a la fe, y todo el resto de su doctrina se derrumba miserablemente en el barro, derribado por él mismo. Y aquí, y solo aquí, está la gran tragedia de Cristo. Dejen que los seres humanos abran sus ojos brumosos en el sol cegador de esta verdad, y se encontrarán cara a cara con su redención verdadera y risueña.

Esta es la parte ética del individualismo, ni románticamente mística ni idealisticamente monástica, ni moral ni inmoral, sino amoral, salvaje, furiosa y guerrera, que mantiene sus raíces luminosas voluptuosamente arraigadas en el perianto fosforescente de la naturaleza pagana, y su follaje verde descansando en la boca morada de la vida virgen.

2

A toda forma de sociedad humana que intente imponer renuncias y penas artificiales sobre nuestro yo anárquico y rebelde, sediento de expansión libre y exultante, responderemos con un aullido de dinamita rugiente y sacrílega.

A todos esos demagogos de la política y de la filosofía que llevan en sus bolsillos un hermoso sistema creado al hipotecar un rincón del futuro, respondemos con Bakunin: ¡Torpes y débiles! Todos los deberes que les gustaría imponernos los pisotearemos furiosamente bajo nuestros pies sacrílegos. Cada fantasma sombrío que colocarían ante nuestros ojos, ávidos de luz, los destrozaremos furiosos con nuestras manos atrevidas y profanas. Cristo se avergonzó de su propia doctrina y la rompió primero. Friedrich Nietzsche temía a su superhombre y lo hizo morir en medio de sus agonizantes animales, implorando piedad al hombre superior. Pero no tenemos miedo ni nos avergonzamos del ser humano liberado.

Exaltamos a Prometeo, el ladrón sacrílego que robó la chispa eterna del cielo de Jove para animar al hombre de barro, y glorificamos a Hércules, el héroe poderoso y liberador.

3

La naturaleza pagana ha colocado un Prometeo en la mente de cada ser humano mortal, y un Hércules en el cerebro de cada pensador. Pero la moral, esa repugnante hechicera de los filósofos, los pueblos y la humanidad, ha glorificado y santificado al buitre exaltándolo como justicia divina, y la justicia divina, que Comte humanizó, ha condenado al Héroe.

El labrador y el pensador han temblado antes de que fantasma y coraje se hayan derrotado bajo el enorme peso del miedo. Pero el individualismo anarquista es una antorcha brillante y fatal que arroja luz a la oscuridad en el reino del miedo y pone en fuga los fantasmas de la justicia divina que Comte humanizó.

El individualismo es la canción libre y sin restricciones que vuelve a conectar al individuo al pandinamismo eterno y universal, que no es ni moral ni inmoral, pero eso es todo: ¡Naturaleza y Vida! ¿Qué es la vida? Profundidades y cimas, instinto y razón, luz y oscuridad, barro y belleza, alegría y tristeza. Negación del pasado, dominación del presente, nostalgia y anhelo del futuro. La vida es todo esto. Y todo esto también es individualismo.

¿Quién busca escapar de la vida? ¿Quién se atreve a negarla?

4

La Revolución Social es el despertar repentino de Prometeo después de una caída en un desmayo causado por el buitre asqueroso que le destroza el corazón. Es un intento de autoliberación. Pero las cadenas con las que el siniestro dios Jove lo hizo encadenar en el Cáucaso por el repugnante sirviente Vulcano no puede romperse excepto por el héroe rebelde Titánico, hijo del mismo Jove (1).

Los niños rebeldes de esta humanidad pútrida que ha encadenado a los seres humanos en el lodo dogmático de las supersticiones sociales nunca perderán el golpe de nuestro tremenda hacha sobre los oxidados eslabones de esta odiosa cadena.

Sí, los individualistas anarquistas estamos a favor de la Revolución Social, pero a nuestro modo, ¡se entiende!

5

La revuelta del individuo contra la sociedad no está dada por la de las masas contra los gobiernos. Incluso cuando las masas se someten a los gobiernos, viviendo en la paz sagrada y vergonzosa de su renuncia, el individuo anarquista vive en contra de la sociedad porque está en una guerra interminable e irreconciliable con ella, pero cuando, en un momento histórico, llega junto con las masas en rebelión, levanta su bandera negra con ella y arroja su dinamita con ella.

El anarquista individualista está en la Revolución Social, no como un demagogo, sino como un elemento incitante, no como un apóstol, sino como una fuerza viviente, efectiva y destructiva… Todas las revoluciones pasadas fueron, al final, burguesas y conservadoras. Lo que destella en el horizonte rojo de nuestro tiempo magníficamente trágico tendrá como objetivo el feroz humanismo socialista. Nosotros, los individualistas anárquicos, entraremos en la revolución por nuestra exclusiva necesidad de prender fuego e incitar a los espíritus. Para asegurarnos de que, como dice Stirner, no se trata de una nueva revolución, sino de un crimen inmenso, orgulloso, imprudente, desvergonzado y sin conciencia que retumba con los truenos en el horizonte, y debajo del cual el cielo, hinchado de premonición, se vuelve oscuro y silencioso (2). Como Ibsen, reconozco que solo hay una revolución -que fue verdaderamente radical- … ¡Me refiero al antiguo Diluvio! Esa solamente fue seria. Pero incluso entonces, el diablo perdió lo que le correspondía: Noé asumió la dictadura. Hagamos esta revolución nuevamente, pero más a fondo. Requiere hombres reales y oradores. Entonces, si traes las aguas rugientes, te proporcionaré el barril de pólvora para volar el arca.

Ahora, dado que la dictadura será -¡ay!- inevitable en la sombría revolución global que envía su  resplandor desde el este sobre nuestra negra cobardía, la tarea final de los individualistas anárquicos será volar el arca final con bombas explosivas, y al dictador final con tiros de Browning. Con la nueva sociedad establecida, ¡volveremos a sus márgenes para vivir peligrosamente como nobles criminales y audaces pecadores! Porque el individualista anárquico todavía significa renovación eterna, en el campo del arte, el pensamiento y la acción.

El individualismo anarquista todavía significa revuelta eterna contra el dolor eterno, la búsqueda eterna de nuevas fuentes de vida, alegría y belleza. Y seguiremos estando así en la anarquía.

Renzo Novatore

Escrito bajo el seudónimo de Mario Ferrento. Il Libertario vol. VXII, # 738, 739. 6 y 13 de noviembre de 1919.


Notas:

  1. En la mitología griega, el Káukasos era uno de los pilares que sostienen al mundo. Se afirma también que Prometeo fue encadenado a estas montañas por Zeus. Jove es otra forma de llamar a Júpiter, principal dios de la mitología romana, equivalente a Zeus en la mitología griega. (N.T)
  2. Acá Novatore parafrasea nuevamente a Max Stirner: Es por el crimen donde el egoísta se ha afirmado siempre y a derribado con su mano sacrílega a los santos ídolos de sus pedestales. Romper con lo sagrado, o mejor aún, romper lo sagrado, puede hacerse general. ¿A caso la revolución no es un crimen, un crimen potente, orgulloso, sin respeto, sin vergüenza, sin consciencia? ¿no se ve que retumba, como un trueno en el horizonte y que el cielo, henchido de pensamientos, se oscurece y calla? – El Único y Su Propiedad, editorial Reconstruir (Utopía Libertaria) –

Extraído del folleto “AsociAc(c)ión Ilícita. Viejos textos sobre ilegalidad desde perspectivas individuales y anárquicas”.

Max Stirner y el stirnerismo

Max Stirner vio la luz en Bayreuth (Baviera) el 25 de octubre de 1806. No fue un escritor de una fecundidad extraordinaria, pues los cuidados por la existencia le acapararon demasiado tiempo. De sus escritos, solo uno se ha mantenido a flote, una obra a la cual se entregó por entero, en la que expresó todo su pensamiento y procuró indicar un camino de salida a las personas de su tiempo: El único y su propiedad.

Existe Stirner y su obra, existe El único y su propiedad y el “stirnerismo”. Sucede que al dirigirse a la gente de su tiempo, Max Stirner se dirigió a las personas de todos los tiempos, pero sin asumir el aire o gesto de profeta vociferando teatralmente desde el fondo de una caverna que tan bien sabía arrogarse Nietzsche. Stirner no se presenta tampoco a nosotros como el profesor enseñando a sus alumnos: habla a todos los que quieren oírlo, tal como un conferenciante o como un conversador que ha reunido en torno suyo a un auditorio de todos los géneros, tanto de manuales como de intelectuales. Por esto, para comprender el alcance del stirnerismo, hay que suprimir de El único y su propiedad todo lo que es relativo a la época en que este libro fue escrito. Sin este trabajo preparatorio, corre el riesgo de asaltar al lector la tentación de que se encuentra en presencia de una confesión o de un testamento filosófico.

Hecha esta supresión, tiene uno ante sí un árbol robusto y bien plantado, una teoría perfectamente coherente por lo que no sorprende que haya dado origen a todo un movimiento. El stirnerismo considera que la individualidad humana es la base y la afirmación de la humanidad; sin lo humano no hay humanidad, la totalidad no se comprende más que por la individualidad. Es lo preciso detenerse en seguida si uno no asimila estas premisas. Esta individualidad sociológica no es un ser en transformación ni un superhombre, sino un hombre como tú y como yo que su determinación impulsa a ser como debe, y como puede ser –nada más, ni nada menos, que su fuerza o potencia de ser–. Pero la persona que nosotros conocemos, ¿es lo que su determinación quería? En otros términos: ¿es lo que debía y lo que podía ser? Esa persona con quien tropezamos en los lugares de placer o de trabajo, ¿es un producto natural o una confección artificial, es voluntariamente el ejecutor del contrato social o no se aviene a él más que por educación, prejuicios y convenciones de toda especie que le atiborran el cráneo? Es este problema el que el stirnerismo va a tratar de resolver.

Primer tiempo. Para volver a poner al individuo en su determinismo natural, el stirnerismo empieza a remover todos los pilares sobre los que la gente de nuestro tiempo ha edificado su casita como miembro de la Sociedad: Dios, Estado, Iglesia, religión, causa, moral, moralidad, libertad, justicia, bien público, abnegación, sacrificio, ley, derecho divino, derecho del pueblo, piedad, honor, patriotismo, justicia, jerarquía, verdad, en una palabra, toda clase de ideales. Esos ideales, los del pasado como los del presente, son fantasmas ocultos por “todos los rincones” de su mentalidad, que se han apoderado de su cerebro, que se han instalado en él y que impiden al hombre seguir su determinación egoísta.

Batiéndose en retirada unos tras otros los prejuicios-fantasmas y derrumbándose sucesivamente las columnas de su fe y de sus creencias, el individuo vuelve a hallarse solo. Al fin, es él, su Yo queda libre de toda la insignificancia que lo comprimía y que le impedía mostrarse tal cual es. Ha quedado hecha la tabla rasa, los nubarrones que oscurecían el horizonte han desaparecido, el sol brilla con todo su esplendor y el camino está libre. El individuo no conoce más que una causa: la suya, y esta causa no se basa sobre nada exterior, sobre ninguno de esos valores fantasmales de los cuales estaba antes atiborrado su cerebro. Es el egoísta en el sentido absoluto de la palabra: su potencia es en lo sucesivo su único recurso. Todas las reglas exteriores se han derrumbado; ha quedado libre de la opresión interior, mucho peor que el imperativo exterior; forzoso le es ahora buscar en sí solo su regla y su ley. Es el único y se pertenece, en toda propiedad. No hay para él más que un derecho superior a todos los derechos: el derecho a su bienestar. “La aflicción debe desaparecer para dejar lugar a la satisfacción.”

Pensar a dónde ha llegado el único. Ni una verdad existe fuera de él. No hace nada por el amor de Dios ni de los hombres, sino por el amor de sí. No existe entre su prójimo y él más que una relación: la de utilidad o la de beneficio. De él solo se derivan todo derecho y toda justicia. Lo que quiere es lo que es justo. Lejos, pues, de toda causa que no sea la suya. Es él mismo su causa y no es ni “bueno” ni “malo” (esas son solo palabras). Se declara enemigo mortal del Estado y adversario insolente de la propiedad legal.

Algunas citas sacadas de El único y su propiedad harán comprender que Stirner no ha perdonado nada y que ningún ídolo halló gracia ante sus ojos:

“Siempre se pone un nuevo amo en el lugar del antiguo, no se demuele sino para reconstruir y toda revolución es una restauración. Ésta es siempre la diferencia entre el joven y el viejo filisteo. La revolución comenzó como pequeña burguesa por la elevación del Tercer Estado, de la clase media, y sube como simiente sin haber salido de su trastienda.”

“Si sucediera, aunque no fuera más que una vez, el ver claramente que Dios, la ley, etcétera, no hacen sino importunarnos, que nos rebajan y nos corrompen, es cierto que los arrojaríamos lejos de nosotros, como los cristianos derribaron, en otro tiempo, las imágenes de Apolo y de Minerva y de la moral pagana.”

“En tanto quede en pie una sola institución que no tenga permitido abolir el individuo, el Yo estará aún muy lejos de ser su propiedad y de ser autónomo.”

“La cultura me ha hecho PODEROSO, esto no admite tampoco duda alguna. Ella me ha dado un poder sobre todo lo que es fuerza, así también sobre los impulsos de mi naturaleza como sobre los asaltos y las violencias del mundo exterior. Sé que nada me obliga a dejarme determinar por mis deseos, por mis apetitos y mis pasiones, y la cultura me ha dado con qué vencerlos: soy su dueño.”

“Aquel que derriba una de sus BARRERAS puede haber mostrado con esto a los demás el camino y el procedimiento a seguir; pero el derribar sus BARRERAS sigue siendo misión de los otros.”

“Nos contentamos durante mucho tiempo con la ilusión de poseer la verdad, sin que se le ocurriera al espíritu preguntarse seriamente si no sería necesario, antes de poseer la verdad, el ser uno mismo verdadero.”

“Aquel que para existir tiene que contar con la falta de voluntad de los demás, es efectivamente un producto de aquellos otros, como el amo es un producto del siervo. Si cesara la sumisión se acabaría la dominación.”

“Para el individuo pensante, la familia no es una potencia natural, y debe hacer abstracción de los padres, de los hermanos, de las hermanas, etc.”

¿A qué lugares empujará su determinismo al egoísta que hizo tabla rasa de los prejuicios-fantasmas? Y he aquí el segundo tiempo del stirnerismo.

Ciertamente, hacia las riberas de la unión, de la asociación… Pero una unión contraída voluntariamente, una asociación de egoístas que no cultivarán el trato con los fantasmas del desinterés, del sacrificio, del desvelo, de la abnegación, etc. Una asociación de egoístas donde nuestra fuerza individual se acrecentará con todas las fuerzas individuales de nuestros coasociados, donde uno consumirá y se servirán mutuamente alimentos. Una unión de la cual se servirá cada uno para sus propios fines, sin que les importune la obsesión “de los deberes sociales”. Una asociación considerada como de su propiedad, como arma y herramienta, y que abandonarán cuando ya no les sea útil.

Pero no se imaginen que la asociación, si persiste el individuo en realizarse por medio de ella, no exige nada a cambio.

Evidentemente, la asociación stirneriana no se presenta como una potencia espiritual superior al espíritu del asociado –la asociación no existe sino por los asociados, pues es su creación–; pero he aquí: para que ella realice sus fines y para que cada cual se sustraiga “a la opresión inseparable de la vida en el Estado o en la sociedad” es preciso comprender bien que no faltarán en ella “las restricciones a la libertad y los obstáculos a la voluntad”. “Dando, dando.” Egoísta, amigo mío, tú consumirás de los demás egoístas, pero a condición de aceptar el servirles alimentos. En la asociación stirneriana se puede también sacrificar a otros, pero no invocando el carácter sagrado de la asociación; sencillamente porque puede ser agradable y natural el sacrificio.

El stirnerismo reconoce que el Estado descansa sobre la esclavitud del trabajo; si el trabajo fuera libre, entonces el Estado quedaría destruido en seguida. Der Staat beruht auf der Sklaverei der Arbeit. Wird der Arbeit frei, so ist der Staat verloren: he aquí porque el esfuerzo del trabajador debe tender a destruir al Estado o a estar sin él, que viene a ser lo mismo.

Tercer tiempo. Queda la forma en que el egoísta o la Asociación de los egoístas luchará contra los hábiles y los astutos que hacen uso de los fines de dominación y de explotación de los fantasmas que han tomado posesión de los cerebros de los hombres. El stirnerismo no pretende desempeñar el papel del Estado después de haberlo destruido o de haber proclamado su inutilidad y forzar a los que no lo quieren, o no pueden, a formar asociaciones de egoístas. El stirnerismo no preconiza la revolución. El stirnerismo no es sinónimo de mesianismo. Contra los que poseen y explotan hasta el punto de no dejar a los explotados ni pan que comer, ni lugar donde reposar su cabeza, ni de pagar el salario íntegro de su esfuerzo, la insurrección es natural y conveniente la rebelión. Hay bienes improductivos al sol y cajas de caudales llenas hasta desbordarse. ¡Qué demonios! Y nada de sentimentalismo cuando se trata de afirmar su derecho individual o asociado al bienestar. El ego, guiado por la propia conciencia, no podría desembarazarse de escrúpulos que podían obsesionar a los hombres de cerebros habitados por fantasmas.

“La revolución ordena instituir e instaurar y la insurrección quiere que uno se subleve o que se eleve.”

“Doy vueltas a una peña que obstaculiza mi camino hasta que tenga bastante pólvora para hacerla volar; doy la vuelta a las leyes del Estado en tanto no tenga la fuerza para destruirlas.”

“Un pueblo no podría ser libre sino a costa del individuo, pues su libertad no afecta más que a él y no es la emancipación del individuo; cuanto más libre es el pueblo, más sujeto está el individuo. Fue en la época de la mayor libertad cuando el pueblo griego estableció el ostracismo, expulsó a los ateos e hizo beber la cicuta al más probo de sus pensadores.”

“Dirígete hacia ti mismo antes que a tus dioses o a tus ídolos: descubre en ti lo que está oculto, llévalo a la luz y revélalo.”

Tal es la esencia del mensaje que Max Stirner, entregándolo a la gente de su tiempo, lo dirige a personas de todos los tiempos.

Hemos dicho que en Stirner había el hombre y la obra. Después de haber hablado de la teoría, hablemos de su fundador. Stirner no es más que el nombre literario de Johann Caspar Schmidt, ese sobrenombre no es más que el seudónimo inspirado en la desarrollada frente (stirn en alemán) del autor de El único y su propiedad, y que él conservó para sus escritos. Uno de los episodios de la vida de Stirner que más llama la atención es que frecuentó, durante diez años, el club de los “Emancipados” (“Los Libres”), agrupación de intelectuales animados por ideas liberales de los espíritus avanzados de antes de 1848. Se reunían en una cervecería con atmósfera inundada del humo de las largas pipas de porcelana, discutían sobre toda clase de temas: teología (el libro de Strauss sobre Jesús acababa de aparecer entonces), literatura, política (la revolución del 48 estaba próxima). Fue en 1843 cuando Max Stirner, el hombre de aspecto impasible, de un carácter fuerte y concentrado en sí mismo, se casó en segundas nupcias con una pequeña burguesa, soñadora y sentimental, asidua también al club de los “Emancipados”, María Daehnhardt. Sin embargo, su emparejamiento no fue feliz. La incomprensión mutua y las calumnias que insinuaban que Stirner buscaba una utilidad con ese casamiento, por la dote de su mujer, ocasionaron la ruptura en 1845.

Stirner continuó creando. El único y su propiedad data de fines de 1844. Publicó sucesivamente de 1845 al 47 una traducción alemana de las obras maestras de J. B. Say y de Adam Smith con notas y observaciones en ocho volúmenes; en 1852, una historia de la reacción en dos volúmenes, todo de su pluma; en 1852 también, la traducción de un ensayo de J. B. Say sobre el capital y el interés, con observaciones… Después, ya no publicó nada. Sus últimos años fueron míseros. Reducido a ganar el pan como podía, aislado, encarcelado dos veces por deudas, sucumbió en 1856 a una infección de carbunco, en una pensión. Nuevas indagaciones de mi amigo John Henry Mackay, muerto en mayo de 1933, parecen atestiguar que el fin de su existencia no fue tan miserable ni estuvo tan desprovisto de amistad como se creyó en un principio.

Volvamos a la obra de Stirner. Uno de los pasajes más notables de El único y su propiedad es aquel donde define a la burguesía con relación a los individuos sin posición social. Esta cita es la mejor respuesta que puede darse a los que ven en Stirner y sus continuadores a individualistas burgueses:

“La burguesía se reconoce en que practica una moral estrechamente ligada a su esencia. Lo que exige ante todo es que se tenga una ocupación seria, una profesión honorable y una conducta moral. La prostituta, el ladrón, el bandido y el asesino, el jugador y el bohemio son inmorales, y el buen burgués experimenta con respecto a esas ‘gentes sin costumbres’ la más viva repulsión. Lo que les falta a todos es esa especie de derecho de residencia en la vida que proporcionan un comercio sólido, medios de existencia asegurados, rentas estables, etc.; como su vida no descansa sobre una base segura, pertenecen al clan de los ‘individuos’ peligrosos, al peligroso proletariado: son ‘particulares’ que no ofrecen ninguna garantía y que no tienen ‘nada que perder’ ni nada que arriesgar”.

“Toda vagancia desagrada al burgués, y existen vagabundos del espíritu que, ahogándose bajo el techo que abrigaba a sus padres, se van a buscar a lo lejos más aire y más espacio. En lugar de permanecer en el hogar familiar removiendo las cenizas de una opinión moderada, en lugar de tener por verdades indiscutibles lo que consoló y calmó a tantas generaciones anteriores a ellos, franquean la barrera que cierra el campo paterno y se van por los caminos audaces de la crítica, donde los lleva su indomable curiosidad de dudar. Esos extravagantes vagabundos entran también en la clase de las personas inquietas, inestables y sin reposo que son los proletarios, y cuando dejan sospechar su falta de residencia moral se les llama ‘perturbados’, ‘cabezas calientes’ o ‘exaltados’.”

“Podrían reunirse con el nombre de vagabundos conscientes a todos los que la burguesía considera sospechosos, hostiles o peligrosos.”

Stirner no ha descendido hacia el pueblo como los Bakunin, los Kropotkin y los Tolstoi, por ejemplo. No es un productor sólido, como Proudhon, con prejuicios de burgueses medios y generosos; no es un sabio como Reclus, doblado de un espíritu de bondad evangelista; ni un aristócrata como Nietzsche; es uno de nosotros. Es un hombre que jamás gozó de una posición segura y provechosa o desahogada. Conoció la necesidad de practicar los oficios más diversos para vivir. La gloria que circunda a los proscritos célebres, a los militantes revolucionarios o a los jefes de escuela, le fue desconocida. Tuvo que arreglárselas como podía y en lugar de las señales de consideración que la burguesía otorga, a pesar de todo, a ciertos ilustres revolucionarios, no recibió más que las repulsas con que ella agobia a los individuos sin situación y sin garantía.

Instruido por sus propias experiencias, Stirner trazó un retrato del burgués mucho más sorprendente que el que hizo más tarde Flaubert, que se situaba únicamente en el punto de vista estético. Para Stirner, la característica del mundo burgués es el poseer una ocupación seria, una profesión honorable, moral, en una palabra, lo que constituye el derecho de residencia en la vida. El burgués puede ser obrero o rentista, llamarse republicano, radical, socialista, sindicalista, comunista, hasta anarquista; puede pertenecer a una logia, a la Liga de los Derechos del Hombre, a un comité electoral socialista o a una célula comunista; puede incluso pagar su cotización a un partido revolucionario. En tanto que su vida descanse sobre una base segura y en tanto que ofrezca garantías morales, burgués es y burgués seguirá siendo.

En la misma Alemania, sólo al cabo de cincuenta años apareció una segunda edición de El único y su propiedad (1882). En 1893, la gran casa editorial Reklam, de Leipzig, editaba este libro en su Biblioteca Popular. Esto era hacerlo accesible a todos. En 1897, John Henry Mackay, que tanto trabajó para hallar huellas de Stirner y disipar el misterio que envuelve su vida, publicaba la primera edición de Max Stirner, Sein Leben und sein Werk. En Francia, El único y su propiedad aparecía en 1900 en dos traducciones, la de Robert L. Reclaire, en casa de Stock, y la de Henri Lasvigne en La Revue Blanche. (En 1894, Henri Albert había traducido una parte de la obra en el Mercure de France; un poco más tarde, Teodoro Randal había hecho lo mismo en las Charlas Políticas y Literarias y en el Magazine Internacional.) En 1902, era traducida al danés (con prefacio de Jorge Brandes) y al italiano (con prefacio de Ettore Zoccoli); en 1911 apareció una segunda edición italiana, que fue reimpresa en 1920. En 1907, precedida de un prefacio del autor de La filosofía del egoísmo, James Walker, aparecía una traducción inglesa por Steven T. Byintong, editada por Benjamin R. Tucker, con el título The Ego and his own. En 1912, El único y su propiedad había sido además traducido al ruso (se cuentan ocho ediciones de esta obra en esta lengua, la séptima traducida por Leo Kasarnowski y la última data de 1920), al español, al holandés y al sueco. En 1930, aparecieron dos traducciones japonesas, una de las cuales en edición económica, por J. Tsuji. Creo que existen traducciones de El único en otras lenguas. (He oído hablar de la traducción en diez y ocho lenguas, pero no pude comprobarlo.) Con el título de Kleinere Schriften (‘pequeños escritos’) John Henry Mackay reunió los estudios, artículos, informaciones y respuestas de Stirner a sus críticos aparecidos de 1842 a 1848. Conozco una edición italiana de esta obra titulada Scritti minori. Traduje en L’en dehors la crítica muy interesante que Stirner hizo de Los misterios de París, de Eugenio Sue, y un extracto de El falso principio de nuestra educación.

 

Emilie Armand