El engaño del “sindicalismo revolucionario”

De cómo todos los sindicatos persiguen mantener el orden existente maquillándolo.

El sentido histórico del sindicalismo El origen de los sindicatos se remonta a la época en la que el capitalismo iniciaba su expansión. Se hicieron necesarios para hacer soportables las condiciones de trabajo y de supervivencia dentro del sistema. Aunque es cierto que no fue la clase capitalista quien creó los sindicatos (ni siquiera quien los patrocinó directamente en un principio), la misma burguesía acabó reconociendo y respetando su papel puesto que canalizaban la violencia proletaria y la disipaban en multitud de luchas aisladas entre sí, evitando así el riesgo de explosiones incontrolables. Con la alta tecnologización y burocratización de las sociedades capitalistas cualquier sindicato se convierte, pese a su demagogia, en instrumento específico de integración de los explotados en el sistema capitalista. Nunca va a ser un instrumento de ruptura, puesto que espera el reconocimiento del poder estatal y la negociación con la patronal como finalización de cualquier conflicto. Más adelante, cuando demos casos concretos de luchas sindicales, explicaremos mejor por qué –en la teoría y en la práctica- el sindicalismo sólo puede aceptar y legitimar el orden económico y social que nos gobierna. También hay que señalar que, concretamente en Europa, el sindicalismo jugó un papel importantísimo después de la Segunda Guerra Mundial. Y es que a partir de los 50, los capitalistas europeos entendieron mejor que nunca que un aumento regular del nivel de vida de los obreros, constituiría una necesidad fundamental para el funcionamiento mismo del sistema, ya que sin una ampliación continua del mercado de bienes de consumo no podría haber expansión capitalista tal y como la conocemos. Está claro además que el aumento del poder adquisitivo de las masas hizo que el mercado interior aumentase, se consiguiese la tan soñada “paz social” y los beneficios del capital aumentasen. Allá por 1895, alguien dijo lo siguiente: “¿Qué es un sindicato? Un agrupamiento en el cual los embrutecidos se clasifican por oficios para tratar de hacer menos intolerables las relaciones entre patronos y obreros. Una de dos: o no lo consiguen, y entonces la tarea sindicalista es inútil, o lo consiguen, y entonces la tarea sindicalista es perjudicial, ya que un grupo de hombres habrá hecho menos intolerable su situación actual y, por consiguiente, habrá hecho durar la sociedad actual”. Nosotros, en pleno año 2005, podemos decir claramente que el sentido histórico del sindicalismo ha sido el de asegurar el control de una posible revuelta proletaria al margen de estructuras oficiales, es decir, de manera autónoma (en griego, darse nombre propio). El sindicalismo ha estrangulado históricamente el empuje de los explotados por construir una sociedad sin clases (sin explotados ni explotadores, sin jefes ni siervos). Por tanto, se puede decir que éste ha sido un arma fundamental de las clases potentadas para mantener el sistema social y económico imperante.

Desenmascaremos todo tipo de sindicalismo

La mafia sindical En primer lugar, vamos a analizar brevemente la lógica sindical en su vertiente más mafiosa y reaccionaria. Sin detenernos demasiado en el espectáculo más que grotesco de CCOO o UGT (y otros subproductos localistas como ELA de Euskadi, el CIG de Galicia o el SOC de Andalucía), la realidad demuestra que estos dos “sindicatos mayoritarios” (hay que decir que el nivel de filiación entre la clase explotada en España no llega ni al 10%) son los máximos responsables –junto con el capital- de las lamentables condiciones de vida que soportamos los que tenemos que vendernos para poder sobrevivir. Ellos son quienes firman pactos vergonzosos con la mafia patronal. Ellos son quienes dirigen las luchas de los trabajadores y las reprimen cuando se les descontrolan (recordemos las luchas de los trabajadores de Sintel, cuando Fidalgo –el líder de CCOO- recibió una bella reprimenda en forma de palazo en la cabeza por parte de un trabajador desesperado, o el conflicto que se vivió en Puerto Llano, cuando el descontento proletario con la empresa y los sindicatos hizo que Méndez tuviera que salir escoltado de la ciudad). También son ellos quienes nos engañan con cursos de formación que luego no se llevan a la práctica (recordemos el caso de los cursos de FORCEM) o quienes roban directamente (acordémonos de las estafas en la empresa Citibank, en las que, según una sentencia judicial, CCOO y UGT cobraron 650.000 euros a cambio de aprobar un maravilloso recorte de plantilla). Podríamos continuar, pero la lista sería interminable. A esto tenemos que decir, lógicamente, que no estamos en contra de los explotados que, estando engañados, se dejan dirigir por la burocracia sindical. Sí decimos bien alto a estos trabajadores que no se dejen reprimir y controlar y, por qué no, que rompan sus carnets sindicales y se autoorganicen sin que ningún policía sindical le diga cuándo tiene que convocar una asamblea o una huelga. Y nosotros no decimos esto para seguir forrándonos el riñón o para dar salida a una podrida ideología. Lo hacemos porque somos explotados y oprimidos también, y porque sabemos que la agitación, el ataque y la propaganda son fundamentales para que otros explotados se enfrenten también a la explotación capitalista, pero de manera organizada, consciente y autónoma. Lo que sí nos parece un engaño es el intento de algunos de reformar esos sindicatos mafiosos. Y esto se lo decimos en voz alta a los dirigentes “alternativos” del sector crítico (?) de CCOO, a la dirección mesiánica del Sindicato de Obreros del Campo (sindicato andaluz que, aunque mantenga una apariencia de combatividad que no mantienen CCOO o UGT en el medio rural, plantea la lucha siempre en términos legales, reformistas y con el sacrosanto permiso de sus líderes Cañamero y Sánchez Gordillo, redentores del oprimido pueblo andaluz y vinculados al aparato de IU) y a otros sindicatos aún más minoritarios, que también andan por ahí vendiéndonos la moto de “otro sindicalismo”, como Solidaridad Obrera (escisión de la Confederación General del Trabajo), el Colectivo Autónomo de Trabajadores (siglas atractivas que esconden a otro sindicato, como tal, obediente con el capital) o el más que insultante Sindicato de Estudiantes, que goza de jugosas subvenciones estatales, pide con sus hermanos de El Militante un Gobierno “de izquierdas PSOE-IU” (?) y, por supuesto, no olvida algún versículo del santo Trotsky en alguno de sus comunicados.

La CGT La CGT (Confederación General del Trabajo) es un sindicato separado de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) que se creó en los 80, como resultado de distintas luchas internas sobre modos de concebir su “sindicalismo revolucionario”. Es una organización que, teniendo la desfachatez de llamarse anarquista (o libertaria o vete a saber qué), acepta subvenciones del Estado capitalista, liberados que participan en comités de empresa, además de hacer gala de un afán dirigista en multitud de luchas de las que se apodera, o de las que pretende sacar partido para salir en la foto, darle la mano a la patronal al final del conflicto, y controlar a los que pretenden ir más allá de su podrido sindicalismo. Como ejemplos de esto, observad cómo se apoderan tristemente de las luchas de muchos inmigrantes, a los que “asesoran” y “ayudan” para que salgan en el periódico con una pegatina de la CGT (tenemos constancia, gracias a un compañero guineano, de que este sindicato ha estado chantajeando a algunos inmigrantes, advirtiéndoles de que, si no se afiliaban a su sindicato y formaban una asociación independiente, se verían solos en su lucha); también es ilustrativo ver cómo consiguen convocar con proclamas infames (mejor convenio, mayor estabilidad laboral… como si todo esto, hecho mediante la negociación, significase un salto cualitativo en la destrucción del capitalismo) una huelga en el sector del telemarketing, que no llega a ningún puerto y que muchos trabajadores ven como extraña. Resulta lamentable, aunque lógico, ver cómo en muchas personas engañadas de distintos grupúsculos (es decir, grupos falsamente revolucionarios que siguen los planteamientos del circo reformista, sin ir a la raíz de los problemas, sumándose a la moda de los antiglobis que luchan por una “tasa eficaz contra las transacciones financieras especulativas” (?) y demás estupideces) coquetean con la CGT, hasta tal punto que piensan que es un colectivo revolucionario porque dona dinero al EZLN como buenos defensores de la “sociedad civil”, ayuda al pobre pueblo saharaui y, eso sí, condena a los revolucionarios explotados que se atreven (también aquí en el Estado español) a llevarles la contraria y a realizar el enfrentamiento contra el Estado y el capital aquí y ahora. De todas formas mucha gente también percibe, dentro de ciertos ambientes más o menos politizados, que este sindicato –como todos- es una verdadera farsa, una patraña reformista que sólo busca embellecer con “mejores” condiciones de trabajo -de explotación, por tanto- el orden capitalista. Lamentablemente, no ocurre lo mismo con un compañero de viaje de la CGT que, aunque se vista de seda, mona se queda: la CNT.

La CNT La Confederación Nacional del Trabajo fue creada en 1910 en la agitada ciudad de Barcelona. Navegando desde el principio entre el anarquismo y el “sindicalismo revolucionario”, la CNT se convirtió en la década de los 30 en una poderosa organización proletaria que, sin embargo, demostró mejor que ningún sindicato que todos, absolutamente todos los sindicatos, están hecho para asegurar por último el dominio capitalista. Y esto ocurrió en 1936, cuando el proceso popular de toma de sectores importantes de la economía y de la sociedad dio paso a un momentáneo autocontrol de la vida y de la política, hasta que en septiembre de ese año la élite de la CNT y de la FAI (Federación Anarquista Ibérica, organización hermana de la CNT) pasaron a formar parte del Gobierno, presidido por Largo Caballero, y el de la Generalitat, entrando en el Estado, participando en el Comité de Milicias Antifascistas (fundado por la burguesía progresista) y desmontando paulatinamente el proceso socializador de la economía, para degollar definitivamente, junto al PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña, rama del PCE en ese lugar del Estado) y otros mercenarios, el intento de revolución social. Esta historia, que hemos resumido brevemente, sigue siendo ocultada, deformada o manipulada por muchos cenetistas de pro, que no dudan en bañar a su organización con un mantel dorado para que nadie la toque ni la cuestione. Pero dejemos el 36 y la historia lejana, y centrémonos en qué hace hoy a nuestro entender la CNT entender y para qué sirve. En pleno siglo XXI, la CNT es una especie de semi-dios en el entorno “alternativo”. Cualquier crítica que se le haga de manera radical (es decir, que se plantee su destrucción como sindicato legal y perfectamente reconocido por el Estado), implica que te tachen de “insurreccionalista” (invento anarcosindicalista que se profiere contra todo aquél que, dentro del antiautoritarismo, promueva formas de lucha alejadas de sus medias tintas permitidas; olvidan los cenetistas, además, que este término es sólo una etiqueta, que no define absolutamente nada y que, sobre todo, si el anarquismo o cualquier movimiento revolucionario no es insurreccional… ¿qué es?), “niño de papá” (si no fuera porque hay algún imbécil suelto por ahí no habría que comentar esto, pero es realmente delirante comprobar cómo, según algún que otro fiel de las tres siglas sagradas que hacen temblar a la burguesía, los que criticamos a la CNT no trabajamos, no estamos explotados o dirigidos y, por tanto, somos algo así como pequeñoburgueses intelectualoides), “infiltrado” (como si alguien que optase por los sabotajes y la lucha armada tuviese que ser automáticamente un policía), etc. De todas formas, no estamos diciendo que esto sea así en toda la militancia anarcosindical; no decimos que todos sean acríticos. Lo que estamos diciendo y sosteniendo es que la CNT, como organización, como estructura, es hoy un problema para el conjunto de los explotados del Estado español. El problema no son los militantes, sino lo que es la organización en definitiva. Entendemos que con los ejemplos de su actuación cotidiana quedará demostrado lo que sostenemos. En primer lugar, “sorprende” no ver ni por asomo proclamas revolucionarias en las luchas sindicales que lleva a cabo esta organización. Ni siquiera en los comunicados hay visos de ese abstracto “comunismo libertario” del que hacía gala antes. Es sintomático ver cómo en determinados conflictos con empresas (por ejemplo, en la huelga de azafatos del AVE de Sevilla) aparecen proclamas tan reformistas como “POR UN CONVENIO DIGNO” (como si la dignidad cupiese dentro de la sociedad capitalista) o el tan conocido “POR UN REPARTO DEL TRABAJO” (no se sabe bien a qué tipo de trabajo se refiere, ni en qué modelo de sociedad se va a dar éste; en este sentido, ¿alguien se acuerda de las famosas 30 horas semanales, que bien podría significar algo así como “queremos que nos exploten sólo 30 horas a la semana”?), etc. En referencia a esto, también hay que decir que el cnt (periódico que la organización edita mensualmente) cada día tiene un discurso más socialdemócrata (o sea, en última instancia defensor del capital), prueba de ello es que incluso tiene la desfachatez de hablar de ciudadanía en algunas de sus editoriales, cuando el concepto de ciudadanía implica que las clases sociales se den la mano, se meta a explotadores y explotados en el mismo saco y, así, reine la tan cacareada “paz social”. Además, hay prácticas sindicales que ya rozan el esperpento. Por ejemplo, en la campaña de luchas de trabajadores afiliados a la CNT contra MERCADONA, la organización (o al menos alguna de sus secciones locales) ha llegado a demandar a la empresa ante la Audiencia Nacional. Para los que no lo sepan, la Audiencia Nacional se creó como órgano judicial que sustituyó al franquista Tribunal de Orden Público. Es decir, es un tribunal de excepción que juzga delitos políticos; persigue la disidencia política, promoviendo la tortura y el aislamiento. Pues bien, después de explicar esto alguien puede preguntarse qué sentido tiene llevar a una empresa a este tribunal, cuando es un pilar fundamental del capital en España. Nosotros decimos que no tiene ningún sentido, pero que no nos sorprende: si la CNT hace esto –o simplemente lo propone- es porque forma parte de un movimiento que no sabe situarse en la historia, que busca reformar para seguir precisamente pidiendo, pidiendo y pidiendo hasta la eternidad, sin proyecto revolucionario ni a medio ni a largo plazo, con una ceguera política que ya no debería sorprendernos. Dicho esto, a continuación vamos a reproducir un par de textos de unos compañeros asturianos que, creemos, confirmará todavía más lo que os estamos contando. El primero de ellos habla de la implicación de la CNT en las luchas de los trabajadores de los astilleros; el segundo analiza concretamente la situación de este sindicato en Asturias, conectando esto con un cuestionamiento radical de esta organización reformista. Creo que merece la pena detenerse un instante en analizar la actuación de “otro sindicalismo”, del “sindicalismo de base”. Más allá del folclorismo y de una fraseología más o menos “radical”, el sindicalismo tiene su razón de ser en ser, o aspirar a ser, el negociador del precio de la mercancía de la fuerza de trabajo. Si no es capaz de cumplir esa función, si es inservible tanto para el capital (inservible como interlocutor directo; como colchón y freno, flotando en tierra de “nadie” es muy, muy útil), como para la resolución de conflictos laborales, acaba siendo (gracias a sus fondos de inversiones y a sus reuniones con el Ministerio de Trabajo que les “devuelve” locales, porque si no habría desaparecido ya) una caricatura de sindicato, triste mezcla de colectivo estudiantil, club de jubilados y de burócratas proselitistas. El problema de la CNT (para ella, para el proletariado el problema es su existencia) es que reniega ideológicamente de lo que es o aspira a ser, interlocutor del capital, así que si lo consigue, las supuestas “diferencias” con otros sindicatos se habrán esfumado, y si no lo consigue, será un “sindicato inútil”, bailando en el limbo de la socialdemocracia “alternativa” y de la falsificación histórica. Esto vale, está claro, para cualquier otro sindicato “alternativo”, se llame como se llame. La CNT, allá donde ha tenido una sección sindical (Puerto Real y Sevilla) ha intentado erigirse como alternativa sindical, criticando al “sindicalismo débil”, al “sindicalismo dependiente de subvenciones”, al “sindicalismo burocrático”… y abogando por “la lucha contra la precariedad y la defensa del astillero y el empleo” y “la defensa de la libertad sindical”, tal y como hizo en su reunión con el comité de empresa de Izar-Sevilla, y, por supuesto, “ante la bestial represión y abusos policiales que estamos sufriendo, hemos solicitado la dimisión del Delegado y el Subdelegado del Gobierno en Andalucía, petición que hacemos extensiva a los ministros de Interior y de Trabajo del gobierno central, por no ofrecer ninguna vía de solución del conflicto, sino únicamente la represión más brutal y desproporcionada, que vulnera los derechos constitucionales que los trabajadores del astillero tenemos como ciudadanos y personas que somos”(extraído del periódico cnt, nº 299). No hacen falta muchos comentarios, sino constatar que para participar y ser parte del espectáculo democrático tienes que hacer estas cosas, aunque vaya contra “la Idea” y tengas cuadros de Durruti en tus locales. A grandes rasgos, el sindicalismo “alternativo” no puede hacer otra cosa que reivindicar ideológicamente la realización de asambleas y criticar al sindicalismo “oficial” por ser burocrático y subvencionado (¡!). Porque obviamente no puede hablar de antagonismo de clases, de intereses y necesidades irreconciliables entre la empresa y “los trabajadores”, de los despidos masivos o intensificación del trabajo como necesidades reales de la competitividad nacional y de la dictadura del valor en sí… Porque claro, si se mantiene este posicionamiento clasista sucede que se pone sobre la mesa el papel mismo de la negociación (y de los negociadores) entre las necesidades humanas y las necesidades del capital. La lucha de clases para los anarcosindicalistas es una especie de ideología, de principio. Son interesantes estas declaraciones de un miembro de la sección sindical del astillero de Sevilla en el periódico anarcosincalista “València llibertària”: “La crisis no se produce por falta de competitividad, por elevados costes, o por la falta de competencia de otros astilleros. La crisis proviene de la incompetencia de la burocracia del astillero, que son individuos puestos a dedo, cargos políticos, negligentes chupatintas que en lugar de buscar mercados, pedidos, ofertar sus productos, llegar a acuerdos con REPSOL… dejan que se los coman las moscas. Nosotros hemos demostrado que terminamos los barcos antes del plazo previsto. No es problema de falta de competitividad, pues estamos perfectamente cualificados. Lo que exigimos a los directivos del Astillero es que hagan su trabajo, que consigan pedidos y no esperen que les lluevan del cielo”. Ideología obrerista y autogestionista de la peor estofa, y como buenos izquierdistas, critica a los que gestionan el sistema y no al sistema mismo, este es el papel del “sindicalismo de base”. Creemos que es muy buen análisis, pero ahora os copiamos otro texto que también es bastante interesante.

ANARCOPEDERASTAS En el momento de su legalización y reconocimiento por parte de los poderes existentes en la llamada “transición”, la CNT asturiana llegó a contar con varios cientos de trabajadores afiliados en sus filas, principalmente en la construcción de Oviedo y los astilleros de Gijón. Trabajadores que no tardaron en abandonar un sindicato que se revelaba inoperante, esclerotizado y dominado por minorías organizadas aún en mayor medida que las demás opciones sindicales. Asturias es la región del Estado con la mayor tasa de afiliación sindical, debido a varios motivos: presencia del sector público, grandes empresas, tradición histórica … La estupidez proverbial en los cuadros confederales desde al menos marzo de 1937, unida al más rígido dogmatismo ideológico consiguió en un breve plazo de tiempo reducir la afiliación de los trabajadores a un nivel ridículo (1) con la ventaja, eso sí, de preservar las esencias histéricas -no es una errata- de la CNT: los tristemente célebres “principios, tácticas y finalidades”, en cuyo nombre no pestañearon en liquidar la revolución de 1936; como tampoco pestañearon al traicionar y abandonar a su suerte a los miembros de los grupos de acción (2) que durante el franquismo mantuvieron viva la llama de la resistencia libertaria. Pero por su nombre y su historia anterior a 1937 la CNT sigue constituyendo un polo de atracción para las nuevas generaciones. Así, recientemente un periódico regional dedicaba una página a la atractiva novedad de la ocupación de un inmueble en Moreda (Aller) por parte de un grupo de jóvenes optimistas con la ingenua intención de establecer un pintoresco “Sindicato de Oficio Varios” de la CNT que, según nos informa “La Voz de Asturias”, apoya fervientemente dicha acción (3). Los viejos burócratas confederales asturianos siguen sin aprender de sus errores, como imbéciles aplicados que son. No hace tantos años de los hechos acontecidos en Gijón en torno al C.S.A. (Centro Social Anarquista)(4), que tanto escándalo creara en ciertos medios allá por 1994. No temiendo volver a hacer el ridículo los ceneteros apuestan por el intento de manipulación de un grupo de jóvenes, con la trivial esperanza de encontrarse con unos jóvenes menos inquietos o en su defecto una nueva generación más encuadrable. La triste degeneración de la CNT la aproxima a pasos agigantados al neofascismo de organizaciones como el Sindicato de Estudiantes o la secta Moon. Con una deriva de esencia patriotera, siendo la CNT en este caso la patria, que la aleja cada día más del mundo laboral al que supuestamente se dirige, la CNT se ha acabado por convertir en una caricatura de sí misma, capaz tan sólo de captar jóvenes inmaduros en un ámbito territorial virgen, que no ha conocido sus contradicciones, sus renuncias y sus miserias. Pero la hora del “sindicalismo revolucionario” pasó hace tiempo porque, bajo el capitalismo modernizado, todo sindicato tiene reconocido su sitio, grande o pequeño, en el espectáculo de la discusión democrática sobre los acicalamientos del estatuto del trabajador asalariado, es decir, en tanto que interlocutor y cómplice en la dictadura del trabajo asalariado. A partir del momento en que el sindicalismo y la organización del trabajo alienado se reconocen recíprocamente, como poderes que establecen entre sí relaciones diplomáticas, toda clase de sindicato para poder llevar a cabo su actividad reformista, desarrolla dentro de sí un nuevo tipo de división del trabajo, más y más ridículo a medida que pasa el tiempo. Aunque un sindicato se declare ideológicamente hostil a todos los partidos políticos, no logrará, de ninguna manera, impedir su caída en manos de su propia burocracia de especialistas de la dirección -tanto más mediocres cuanto su tarea se reduce a la repetición de las mismas verdades históricas inmutables-, igual que un partido político cualquiera. Cada instante de su práctica real lo demuestra. [Comunicado aparecido en 1937 en Barcelona] “Nos vemos sorprendidos con una octavilla que circula por la ciudad, avalada por los “Amigos de Durruti”. Su contenido, absolutamente intolerable y en pugna con las determinaciones del movimiento libertario, nos obligan a desautorizar plenamente su contenido (…) y ya ayer nos vimos obligados a desautorizar otro [manifiesto]. El Comité Regional de la CNT y de la FAI no está dispuesto (….) ni puede nadie hacer el juego a posiciones dudosas o tal vez a maniobras de auténticos agentes provocadores. (…) Ya constituido el Consejo de la Generalidad, debe cada cual aceptar sus decisiones puesto que en él estamos representados. Fuera las armas de la calle. Comité Regional de la CNT y Comité Regional de la FAI. Barcelona, 5 de mayo de 1937.

¿Y si salimos de la trampa? Nosotros pensamos que el principal problema de la sociedad de clases (lo que quiere decir: sociedad dividida en una élite que controla la economía y la política, y la inmensa mayoría de nosotros, explotados y oprimidos, que estamos dominados por las clases potentadas) sigue teniendo como núcleo central la explotación capitalista y sus diversos aparatos represivos que la protegen. Por tanto, creemos que la salida revolucionaria sigue estando en una insurrección popular que se reapropie de los medios fundamentales de producción (y la destrucción de aquéllos perversos en sí mismos, como la industria armamentística al servicio del capital, la estúpida y engañosa publicidad, el aparato policial y un sinfín de trabajos que podrían desaparecer de la faz de la tierra). Pero no somos obreristas, es decir, no vemos al sujeto revolucionario en los obreros europeos con mono azul saliendo de una fábrica cantando gloriosamente la Internacional. No. Para nosotros todo el conjunto de los explotados y oprimidos forman el sujeto revolucionario. También sabemos que en algunas zonas del planeta (en Nepal, por ejemplo), siguen subsistiendo formas de dominación a medio camino entre el feudalismo y el capitalismo. Y estas clases oprimidas son igualmente nuestros hermanos de lucha, al margen de que estén proletarizadas directamente o no. Dicho esto, somos conscientes de que, aunque se den esencialmente las mismas condiciones de opresión en todos los Estados del mundo, nuestro ámbito de acción es el Estado español. La lucha revolucionaria es internacionalista, pero obviamente tiene que desarrollarse en un determinado contexto espacial de un Estado que puede tener algunos aspectos particulares (mayor magnitud represiva, por ejemplo). Sin ánimo de enrollarnos más, os daremos nuestras aportaciones para lo que consideramos que tiene que ser una lucha revolucionaria integral.

Propuestas de reflexión y acción Creemos que es necesario llevar a cabo campañas importantes de agitación en todas las empresas. Pero bajo nuestro punto de vista, la lucha no tiene que enmarcarse exclusivamente “dentro de la empresa”, sino justamente dentro de toda la sociedad explotada. Si vamos a repartir un panfleto que habla de cómo nos explotan en Leroy Merlin, por ejemplo, podemos hacerlo dentro de la empresa, a nuestros propios compañeros (sabiendo el riesgo que esto tiene); o bien repartirlo en nuestro barrio o en cualquier otro lugar. El caso es que la lucha no quede aislada en una isla, para que se pueda forjar así una solidaridad entre todos los explotados poco a poco, con un esfuerzo de base y cotidiano de agitación y propaganda. Hay otro asunto importante que queremos destacar. Es fundamental recuperar la práctica de la autonomía proletaria (que no significa otra cosa que la realización de las luchas de los explotados al margen de partidos y sindicatos, órganos que consideramos extraños y ajenos a las clases populares). Tenemos que promover el cuestionamiento en las empresas (y –repetimos- fuera de ellas), la creación de asambleas y piquetes al margen de los sindicatos, la extensión y la unificación de las luchas. ¿Y las reivindicaciones? Nosotros pensamos que son legítimas si apuntan a que no desciendan aún más las penosas condiciones de vida que tenemos que soportar. Pero claro, si un grupo de trabajadores se declara en huelga salvaje (sin mediación sindical, sin aprobación legal/judicial) y pide un aumento salarial sin exigir la expropiación de los capitalistas y su destrucción, la lucha es puramente reformista y sólo perpetuará la misma dominación. Sería distinto que en esa exigencia legítima, demostrásemos con las palabras y con los hechos la denuncia de la explotación: con la propaganda, con los sabotajes, con las huelgas salvajes, con la parálisis de la producción y la distribución de mercancías, con la destrucción de los partidos y los sindicatos, con el rechazo global de lo que supone el trabajo asalariado. Esto sí sería enfrentarse al orden establecido, porque pondría en cuestionamiento toda su estructura (no el aspecto laboral de manera aislada y parcial, es decir, sindicalista). En relación con esto, creemos que lo que tenemos que hacer los dominados es exigir (no pedir o reivindicar, puesto que en la naturaleza de la reivindicación está la derrota: en cuanto pides algo te sientas a dialogar, y con el poder capitalista no se dialoga; o te enfrentas a él o consigue atenazarte). Para esto es necesario extender el tejido social que apoye a los explotados en lucha, que nos demos una cobertura social (que hagamos cajas de resistencia, que activemos procesos de autoorganización populares en barrios y pueblos, etc.), y que, al mismo tiempo, aumente el apoyo popular armado imprescindible si se quiere derrocar a la clase capitalista. Esto último, que a alguna gente puede parecer vanguardista o militarista, es fundamental si se es consciente de que las clases explotadoras nunca renunciarán a sus privilegios de manera pacífica: habrá que arrancárselos o nunca sucederá.

¿Qué nos queda por delante en el Estado español? La situación en España no es ni mucho menos alentadora. El nivel de conciencia de la miseria por parte de la mayoría de los explotados apenas existe. En todo caso, existen pequeñas chispas esporádicas que dejan traslucir la rabia que muchos tenemos de manera inconsciente. Pero es necesario que esa rabia pasional se convierta en odio visceral, pero organizado contra las estructuras que nos gobiernan. Como decían unos compañeros… organicemos la espontaneidad. Pero ¿por qué luchamos? Luchamos por conseguir, una vez paralizada la economía capitalista y destruido el Estado y las relaciones que éste engendra, una sociedad humana que se autoorganice colectivamente respetando la individualidad, que destruya el trabajo asalariado y lo sustituya por un conjunto de actividades que se hagan por el bien social, y no por una clase parasitaria; que se desarrollen unas relaciones equilibradas con este planeta devastado por el capital, etc. En fin, el mundo que pretendemos crear sólo puede ser un boceto de nuestras luchas, pues no es posible ni deseable andamiar una sociedad futura, ya que sólo el esfuerzo diario irá creando esa sociedad, que nunca terminará de construirse, de mejorarse y de criticarse, pero que no estará basada en la explotación, el pillaje y la violencia institucional.  

Notas:

(1) Así, de respetar sus propios estatutos, la mayoría -por no decir la totalidad- de los sindicatos ceneteros asturianos no existirían simplemente por carecer del número mínimo de afiliados exigido.

(2) La lista de renuncias, traiciones y recuperaciones anarcosindicalistas exigiría ya un libro, que podría empezar por el desarme del proletariado catalán en marzo de 1937 frente a la contrarrevolución estalinista; seguir por la vergonzante traición a los grupos de acción libertarios (Sabaté, Facerías, etc.), al grupo internacionalista 1º de Mayo (Granados y Delgado, etc.), a los grupos autónomos de los años 70 (MIL-GAC y Puig Antich, ERAT, A. Rueda, etc.), a los que no dudaron convertir en “mártires libertarios” una vez muertos; o las actuales periódicas denuncias con nombres propios de aquellos compañeros considerados “incontrolables” y “peligrosos” por la burocracia confederal. En definitiva la traición a todo libertario consecuente.

(3) No sólo la CNT apoya a “los okupas”. También las llamadas Juventudes Comunistas de Asturies (JCA) se apresuran a ofrecer su apoyo, olvidando que su organización, Izquierda Unida, no sólo votó a favor del actual código penal que, a diferencia del anterior, penaliza con penas de cárcel la ocupación (usurpación), atendiendo de este modo a las necesidades del capital y el estado en su actualización de las luchas de clases, sino que un diputado de ésta formación -López Garrido, actualmente en el PSOE (como tantos otros ex jóvenes “comunistas”)- está considerado como el autor intelectual de dicha reforma.

(4) El C.S.A. estaba situado en el antiguo bar de la casa sindical de Gijón, cuya propiedad histórica la CNT reivindica. En este edificio además de CNT tienen sus locales los sindicatos CGT, CCOO y la CSI, que no parecen molestar tanto a CNT como el camino autogestionado emprendido por los jóvenes de la asamblea del CSA, con su progresiva desvinculación de la parálisis solipsista anarcosindicalera y su opción autónoma y revolucionaria, lo que motivó el desalojo violento del local en base a argumentos sobre la propiedad legal del mismo, sin sonrojarse siquiera por la edición simultánea de pegatinas en las que con un desparpajo circense afirman que “la propiedad es un robo. CNT”  

Por Comunista anárquico

¡Es tiempo de desorganizarse!

Si hay algo en lo que ha fracasado la izquierda, particularmente los sindicatos ( desde la UAW, AFL-CIO, hasta la IWW), es que cualquier teoría “revolucionaria” que no cuestione los principales elementos de la civilización no va a hacer nada más que cambiar el orden social por una versión ligeramente “modificada”. Esto si es que funciona. 
No podemos por más tiempo recurrir a ningún tipo de reforma para poner fin a la máquina de muerte que es la civilización. Por mucho tiempo ha sido una idea arraigada en las mentes “revolucionarias” que el éxito requiere organización. El llamado de los viejos tiempos de los Wobblies, “¡Es tiempo de organizarse!”, está sonando hueco mientras la escena izquierdista es aplastada entre las páginas de los movimientos sociales muertos en la historia radical. 
¿Qué nos ha traído nuestro pasado de “organización”? Podemos decir que ha habido algunos éxitos, porque aquellos en la cima de las recién creadas jerarquías sociales así nos lo han dicho. La organización nos empuja hacia atrás dentro de las mismas jerarquías que intentamos desafiar y eliminar. ¿Qué traerá eso? Adiós viejo jefe, hola al nuevo, ¿alguna diferencia? Tal vez haya un ligero reverdecimiento (más bien enrojecimiento), pero este seguirá siendo el mismo orden social, en el cual no se cuestiona lo destructivo de las formas de la vida civilizada. Pero incluso en el corto plazo sólo ofrecen impulsar nuevos líderes que nos dirán cómo y cuándo actuar, o cómo y cuándo no actuar. Esto no nos lleva a ningún lugar. Los juegos reformistas de izquierda consisten en mucho hablar y poco actuar. Las reuniones de “consenso” mantienen a delegados, electos o impuestos, que diseñan a puerta cerrada las líneas trazadas para la reforma, y que han de soportar las masas. Nosotros no participamos en asuntos electorales, pues comprendemos la doble cara de quienes se refugian en esa retórica vacía. Esto no nos lleva, ni llevará, a ninguna parte.  
Si realmente deseamos terminar con el orden social civilizado, sólo podremos hacerlo propagando la insurgencia y la revuelta, de modo que no se mantenga ningún aspecto del orden social vigente, o empujar hacia un sistema en el que se refleje esto. La única esperanza es que los actos espontáneos de revuelta nazcan de las pasiones y la rabia de los individuos. Ni las órdenes de arriba o de abajo, ni los “planes de acción” pueden despertar la insurgencia, tampoco ahogarán la totalidad del pensamiento civilizado.  
La verdadera revolución no se producirá por juegos predeterminados de “dar y prestar”, marchas silenciosas con pancartas, o con nuevas jerarquías. Ésta vendrá desde los corazones de quienes quieren reventar la civilización (que somos muchos, incluidos los no-humanos). Aquellos con sueños de destrucción, quienes nunca han vivido la autonomía total desenfrenada desde las civilizadas celdas de concreto donde han nacido. Quienes desde el nacimiento fueron despojados de su derecho a florecer como individuos en comunidad con la Naturaleza, que le hubiese ofrecido más amor del que podemos concebir en nuestra condición actual. 
Las consecuencias de toda esta jerarquía se vuelven más claras día a día. El constante colapso del orden social bajo una despótica opresión ocasionará revueltas. La insurgencia está creciendo, y la civilización por caer. Dale el último empujón con tus propias palabras y tus acciones. Romper el hechizo del orden civilizado es la única manera de acabar con el Leviatán, y cada día esto se acerca más. 
 

Kevin Tucker

Eficacia de la antiorganización frente al sindicalismo

La historia anarquista en los Estados Unidos, a principios del siglo XX, muestra al sector antiorganización resistiendo los embates del Poder, mientras el sindicalismo se derrumba. Evidencia de que la organización informal supera a las estructuras formales.

A continuación fragmento del libro Como la No-Violencia Protege al Estado.


La Industrial Workers of the World (IWW) -cuyos miembros se conocen como wobblies- fue un sindicato anarquista que pedía la abolición del salario laboral. En su momento álgido, en 1923, el IWW tuvo cerca de medio millón de miembros y simpatizantes activos.
[…] el gobierno les acusó de sedición, alegando la violencia que usaban, y de sindicalismo criminal. Todos fueron apresados. Después del encarcelamiento y de otros tipos de represión (incluyendo el linchamiento de activistas del IWW en algunas ciudades), “la dinámica fuerza del sindicato se había perdido; nunca recobraron el control del movimiento sindicalista americano”. Los wobblies dieron cabida al poder estatal y se pacificaron a sí mismos […]

Las inmigrantes italianas anarquistas, que vivían en Nueva Inglaterra, sobrevivieron a la represión del Estado al menos “tan bien” como los wobblies, a pesar de que sus filas fueron mucho más reducidas y sus tácticas mucho más espectaculares; pusieron bombas en casas y oficinas de algunos integrantes del gobierno, incluso ejecutaron al ministro de Justicia de Estados Unidos, A. Mitchell Palmer.
Los anarquistas italianos más sobresalientes fueron los galleanistas, quienes se lanzaron a la guerra social. A diferencia de los wobblies, se organizaron verbal y francamente, contra la Primera Guerra Mundial, llevando a cabo protestas, dando charlas y difundiendo algunos de las más inflexibles y revolucionarias artículos contra la guerra en periódicos como Cronaca Sovversiva (al que el Departamento de Justicia declarara como “el periódico más peligroso publicado en este país”). De hecho, a muchas manifestaciones anti-guerra la policía las reprimió con balas. Los galleanistas fueron intensamente apoyados por la comunidad obrera en fábricas de Nueva Inglaterra, y significaron un  respaldo clave en algunas de las más grandes huelgas; también encontraron tiempo para organizarse contra la creciente oleada fascista en los Estados Unidos. Donde, las galleanistas, dejaron su marca más profunda fue a través del rechazo a aceptar la represión gubernamental.
Las inmigrantes anarquistas italianas llevaron a cabo decenas de atentados en ciudades como Nueva Inglaterra, Milwaukee, Nueva York, Pittsburgh, Filadelfia, Washington, y en otras partes, mayoritariamente en respuesta al arresto o al asesinato de compañeros a manos de las fuerzas del Estado. Algunos de estos ataques fueron campañas coordinadas, en las que intervinieron múltiples y simultáneos ataques. El más grande fue el atentado de 1920, en Wall Street, en repuesta al montaje de Sacco y Vanzetti (quienes no estuvieron involucrados en el robo por el que fueron ejecutados, pero probablemente jugaron un papel importante en algunos de los atentados galleanistas). En el atentado murieron 33 personas, hubieron daños materiales por dos millones de dolares, y se destruyeron, entre otras cosas, la House of Morgan, y el edificio financiero americano J.P. Morgan. Los policías federales organizaron una investigación y persecuciones masivas, pero nunca atraparon a nadie. Paul Avrich ha establecido que el atentado fue el trabajo de un solo galleanista, Mario Buda, que escapó a Italia y continuó con sus acciones hasta que fue encarcelado por el régimen de Mussolini.
El gobierno invirtió mayores esfuerzos en reprimir a las anarquistas italianas, sólo que con resultados parciales. Las fuerzas gubernamentales asesinaron a algunos cuantos, a manos de la policía o por ejecución judicial, y encarcelaron a más de una decena, pero a diferencia de los wobblies, las galleanistas evitaron ser arrestadas en masa. Esto fue, en parte, gracias a sus descentralizadas e informales formas seguras de organización, y al concepto de ‘revolución militante’ que adoptaron. Debe ser señalado que las galleanistas estuvieron especialmente en peligro a causa de la represión del gobierno, porque a diferencia de los wobblies, estuvieron en la mira de la xenofobia del hombre blanco, anglosajón y protestante (WASP), además de tener el peligro de la deportación. (De hecho, cerca de ochenta de ellas fueron deportadas, pero aún así, las demás fueron capaces de mantener las acciones).
La intransigente respuesta de las galleanistas a la represión estatal tuvo resultados relevantes a la hora de desalentar la represión (ocasionó, tanto en el gobierno como en los capataces de las fábricas, el temor de actuar contra los trabajadores, no fueran a convertirse en objetivos de atentados anarquistas). Las amenazas de carta bomba, causaron la renuncia del eminente detective de la Oficina de Investigación, que había sido fundamental a la hora de localizar y detener a muchas de sus camaradas en 1918, primero se ocultó y posteriormente abandonó por completo la policía, en 1919. Las únicas consecuencias que tuvieron que afrontar los policías responsables de reprimir a los wobblies fueron los ascensos.
De 1919 a 1920, en el apogeo de Red Scare (Pánico Rojo), cayeron presos una gran cantidad de galleanistas, aunque permanecieron activos e inflexibles, y no se doblegaron tan rápidamente como los wobblies. En octubre de 1920, Cronaca Sovversiva, el periódico que sirvió como un centro para las galleanistas, fue suprimido por las autoridades y el foco de la actividad de la inmigración italiana anarquista regreso a Europa, a donde muchos huyeron o fueron deportados. El final de su movimiento en los Estados Unidos no fue el final total de su movimiento, sea como fuera, durante varios años, esas mismas anarquistas fueron adversarios fundamentales para Mussolini, quien, como sus colegas estadounidenses, les temió y les dio prioridad en sus acciones represivas. (De hecho, el nuevo director del Bureau of Investigation, J. Edgar Hoover suministró a los fascistas una incalculable información para este propósito específico de destruir anarquistas). Algunas personas exiliadas tomaron partido en la Guerra Civil española, en 1936. Así, el anarquismo italiano en los Estados Unidos, “nunca recuperado” tras 1920, “en absoluto desapareció de la escena”. Con un foco internacional, organizaron la resistencia a los crecientes dictadores fascistas y comunistas (estuvieron en “la vanguardia de la lucha antifascista” en Italia y en los Estados Unidos), y también crearon, como he dicho, la campaña mundial de apoyo a Sacco y Vanzetti.
Lejos de ser unas figuras mundialmente ignoradas, Sacco y Vanzetti se ganaron el apoyo de sus comunidades (tanto italianas como WASP) y el apoyo de algunas figuras públicas, tanto en los Estados Unidos como en Europa; y a pesar de ser encarcelados, continuaron llamando a la revolución violenta y atentando contra las autoridades. Sus compañeros, desde fuera, no les decepcionaron. Desde 1926 hasta 1932, las anarquistas llevaron a cabo ataques apuntando al juez, al gobernador, al ejecutor y a la persona que llamó a la policía que les arrestó; ninguno de los atentados fue fallido. Los italianos anarquistas también continuaron agitando y difundiendo sus ideas; el sucesor del Cronaca Sovversiva, L’Adunata dei Refrattari, fue publicado durante otros cuarenta años, hasta la década de los 60.

Peter Gelderloos