Retazos para una profundización del nihilismo revolucionario

Estas palabras surgen desde el sentimiento, tal vez egoísta, de profundizar en nuestras propias definiciones, específicamente en el nihilismo, tal vez a contramano de lo que algunxs denominan “tendencias” nihilistas, considerando al nihilismo como un apéndice, una característica agregada a otras posturas o ideologías políticas/sociales, específicamente anarquistas. En esta línea no tiene sentido renegar sobre una supuesta pureza, pero sería caer en un idealismo banal pensar que estas son complementarias, o que incluso comparten un mismo camino en la historia, por el contrario estos se bifurcan y encuentran en ciertos momentos, incluso en el presente, pero anexar al nihilismo como adjetivo anarquista no hace más que minimizarlo, limitarlo y convertirlo en parte de una ideología.

Podemos encontrar desde un lugar genealógico, dos expresiones del nihilismo, una en la Rusia zarista, concebida como movimiento revolucionario, aunque con diferentes etapas que van desde un cientificismo más bien intelectual, hasta la concepción como grupos terroristas apuntados al asesinato del zar Alejandro I. Y por otro lado, como postura existencial, que lejos de quedarse en una teoría dentro del mangrullo filosófico de la época (Hegel-Marx), invita a una interpretación de la realidad hasta las últimas consecuencias del vacío y el acercamiento hasta o hacia la nada, en esta línea podemos encontrar a Stirner, y luego una línea de pensadores de distinto tipo que abordan la nada desde optimas diferentes, Nietzsche, Sartre, Camus o Cioran.

De acá surge la primera pregunta, en parte inocente, pero que invita a reflexionar en torno a ¿Qué es el nihilismo? Y si nos lo preguntamos es justamente porque este pareciera aparecer como un ente estético que sobrevuela el entorno, al cual solo se aborda desde la forma, o sea, tal o cual cosa es nihilista porque propone la destrucción, porque no cree en el futuro esperanzador, porque es antagónico a los valores humanistas, pero estas no se piensan desde el nihilismo, por el contrario, son características de identificación o proyección dentro del ambiente anárquico, tal como pueden ser los rótulos de “egoísta” o “individualista”.

Si pensamos en la definición de Nietzsche nos encontramos con:

Nihilismo -falta el fin, falta la respuesta a la pregunta «¿por qué?». ¿Qué significa el nihilismo? Que los valores supremos se desvalorizan”.

Aunque Nietzsche también afirma ser:

“…El primer nihilista acabado de Europa que, empero, ya ha vivido en sí mismo el nihilismo hasta el fin —que lo tiene tras de sí, debajo de sí, fuera de sí”.

Por otro lado está Turgueniev, en la novela Padres e Hijos y la primera aparición del término en Rusia en el año 1862, quien escribe en forma de diálogo:

-Es nihilista -repitió Arkadii.

-Nihilista -recalcó Nikolai Petrovich-. Eso viene del latín nihil (nada), según creo recordar; probablemente, esa palabra designa… que no cree en nada.

-Di más bien que nada respeta -encareció Pavel Petrovich; y volvió a emprenderla con su mantequilla.

-Que a todo aplica su punto de vista crítico -observó Arkadii.

-¿Y no viene a ser todo uno? -preguntó Pavel Petrovich.

-No; no es todo lo mismo. El nihilista es un hombre que no acata ninguna autoridad, que no tiene fe en ningún principio ni les guarda respeto de ninguna clase, ni se deja influir por ellos.

-¿Y eso está bien? -preguntó Pavel Petrovich.

-Según se mire, tío. A unos les parece bien; a otros muy mal“.

Padres e Hijos.

Y pasando por Stirner encontramos la repetida hasta el unísono:

Lo divino mira a Dios, lo humano mira al hombre. Mi causa no es divina ni humana, no es ni lo verdadero, ni lo bueno, ni lo justo, ni lo libre, es lo mío, no es general, sino única, como yo soy único. Nada está por encima de mí.

El único y su propiedad.

Ahora, lo que encontramos son siempre respuestas o posiciones frente a la nada, de acá podemos pensar que el nihilismo plantea más bien un acercamiento a la nada y no necesariamente una aceptación o negación de la misma, en este abordaje podemos ver como Stirner resuelve el “problema” de la muerte de Dios y por lo tanto de todo orden social y moral en la autoafirmación del Ego, por otro lado lxs nihilistas de Rusia pasarán por una afirmación de la ciencia como nuevo parámetro de ordenar el mundo y Nietzsche será el impulsor de la voluntad de poder, una propuesta que intentará superar la nada en el vitalismo del superhombre en contraposición a las lógicas antiindividuales y morales del cristianismo y la democracia.

En esta línea es que lxs anarquicxs tomamos al nihilismo, desde las respuestas a la nada y no hacia la pregunta por ella, principalmente en la influencia de Nietzsche en Armand, Goldman y Novatore. Este último es quien profundiza y retoma el vitalismo de Nietzsche dirigiéndolo hacia la afirmación anárquica, o sea, la negación de toda autoridad, a diferencia de las tendencias que reafirmaban la anarquía en la “nueva Moral”, el Progreso y la Ciencia.

« Nuestro nihilismo no es nihilismo cristiano. Nosotros no negamos la vida. ¡No! Nosotros somos los grandes iconoclastas de la mentira. Y todo aquello que es proclamado “sagrado” es mentira. Nosotros somos los enemigos de lo “sagrado”¡Y hay una ley “sagrada”; una sociedad “sagrada”; una moral “sagrada”; una idea «sagrada »

Hacia la nada creadora.

Novatore niega toda moral y se posiciona en ofensiva desde la individualidad en lugar que desde la postura victimista donde parte del anarquismo se reafirma en la lógica amo-esclavo.

¡Ustedes esperan la Revolución! ¡Estupendo! ¡La mía comenzó hace ya mucho tiempo! Cuando estén listos —¡Dios que larguísima espera!—no me disgustará recorrer una parte del camino junto a ustedes!“

Mi individualismo iconoclasta.

Después de la influencia Nietzscheana y con el paso de la segunda guerra mundial, las teorizaciones hacia la nada son tomadas por los denominados “existencialistas” entre ellos Sartre y Camus, aunque trayendo el debate a ámbitos puramente intelectuales y literarios, encontramos nuevos abordajes y perspectivas en torno a la relación de nuestra existencia humana con la falta de sentido de la vida, obviamente atravesados por la matanza generalizada y su consecuente amoralidad en medio de la guerra más grande de la historia.

“El hombre es ante todo un proyecto que se vive subjetivamente, en lugar de ser un musgo, una podredumbre o una coliflor; nada existe previamente a este proyecto; nada hay en el cielo inteligible, y el hombre será ante todo lo que haya proyectado ser. No lo que quiera ser. Porque lo que entendemos ordinariamente por querer es una decisión consciente, que para la mayoría de nosotros es posterior a que el hombre se haya hecho a sí mismo. Yo puedo querer adherirme a un partido, escribir un libro, casarme; todo esto no es más que la manifestación de una elección más original, más espontánea que lo que se llama voluntad. Pero si verdaderamente la existencia precede a la esencia, el hombre es responsable de lo que es. Así, el primer paso del existencialismo es poner a todo hombre en posesión de lo que es, y hacer recaer sobre él la responsabilidad total de su existencia.”

El existencialismo es un humanismo.

Sartre se centra en la premisa “la existencia precede a la esencia” entendiendo que nuestra vida, al contrario que los planteos cristianos y cientificistas, no están predeterminados por una serie de razones previas, sino que se reafirma en la libertad, y que a pesar de las construcciones por las que estamos atravesadxs, al fin y al cabo las decisiones que tomamos son nuestra responsabilidad y este “espacio” que nos dispone a la elección, es la nada que nos separa del mundo, el abismo que existe entre nuestra conciencia y este mundo exterior.

Al mismo tiempo Camus profundizara en la relación directa entre la rebeldía y la falta de sentido, reafirmando nuevamente las posibilidades de vivir desde la rebelión en negación del suicidio o del nihilismo pasivo. Vale la pena la lectura de “El hombre Rebelde” sobre este tema.

« A partir del momento en que el espíritu de rebeldía, aceptando el «todo está permitido» y el «todos o nadie», tienda a rehacer la creación para asegurar la realeza y la divinidad de los hombres, a partir del momento en que la revolución metafísica se extienda de lo moral a lo político, empezará una nueva empresa, de alcance incalculable, nacida también, hay que advertirlo, del mismo nihilismo. »

En otra línea más bien estética y literaria podemos encontrar a Cioran, aunque su obra es extensa nos encontramos con una propuesta mucho más ligada a la introspección, él se adentra en la experiencia desesperante de esta falta de sentido.

¿Por qué no podemos permanecer encerrados en nosotros mismos? ¿Por qué buscamos la expresión y la forma intentando vaciarnos de todo contenido, aspirando a organizar un proceso caótico y rebelde? ¿No sería más fecundo abandonarnos a nuestra fluidez interior, sin ningún afán de objetivación, limitándonos a gozar de todas nuestras agitaciones íntimas? Experiencias múltiples y diferenciadas se fusionarían así para engendrar una efervescencia extraordinariamente fecunda, semejante a un seísmo o a un paroxismo musical. Hallarse repleto de uno mismo, no en el sentido del orgullo sino de la riqueza interior, estar obsesionado por una infinitud íntima y una tensión extrema: en eso consiste vivir intensamente, hasta sentirse morir de vivir.

En las cimas de la desesperación.

Llegando al presente, el debate se separa nuevamente entre quienes afirman el nihilismo desde la acción, y lxs academicxs que teorizan esde la comodidad de sus escritorios, en estos últimxs el debate surge hacia la falta de sentido que produce la posmodernidad luego de la caída del muro de Berlín y la supuesta caída de las ideologías y la muerte de la historia. Esta aproximación que se centra en el diagnóstico del presente creemos poco tienen que ver con una puesta práctica de nuestras tensiones, sobre todo porque no se posicionan en la negación del Estado/Capital sino que descansan en observaciones cómodas que desconocen los múltiples proyectos revolucionarios y antiautoritarios alrededor del mundo.

De nuestrxs compañerxs que eligen afianzarse como nihilistas podemos encontrar a la Conspiración Células del Fuego en Grecia, o el compañero Sebastian Oversluij en Chile, además de decenas de reivindicaciones de grupos anónimos de acción y algunas publicaciones en distintas partes del globo, entre ellas; Ex-nihilo, Fuego, Nihil, Infierno, y algunas más que más allá o no del título se acercan al debate.

Sin embargo ya no contamos con las viejas imágenes de “referencia” como podría significar para el anarquismo los teóricos del siglo XIX, al contrario esta información o desarrollo que hacemos entre compañerxs muchas veces se contradice entre sí o quedan olvidadas entre publicaciones pasadas, al mismo tiempo que nos rehusamos a generar definiciones determinantes:

« La nueva guerrilla urbana rechaza la sociedad actual y sus valores. Deroga los valores de aquella sociedad y por medio del nihilismo reconstruye y descubre unos nuevos conceptos. Pero frecuentemente el nihilismo está entendido como un concepto vago y abstracto. Algunxs lo confunden con un pesimismo filosófico, otrxs con un arrogante y degenerado pseudoegoismo. No vamos a presentar la definición etimológica de la palabra “nihilismo”, sino que hablaremos del significado que este adquiere en los textos y en los ataques de la guerrilla anarquista. »

Y siguiendo con el mismo texto podemos ver que poco ha cambiado de las palabras de Novatore y su vitalismo Nietzscheano al nihilismo actual.

En realidad ni la anarquía ni el nihilismo ofrecen garantías, pero los dos sí ofrecen la vida. La vida no va sin movimiento, sin evolución o sin conflicto.”

El amanecer de la nada; CCF.

Y es que de antemano nos paramos frente a un nihilismo activo, confrontativo, nihilismo porque apuesta por la negación y no se fundamenta en otros valores morales, pero deberíamos preguntarnos si no es esa afirmación de la vida y del conflicto otras lagunas desde donde posicionarnos ante la falta de sentido, y es en esta encrucijada constante en donde nos preguntamos ¿Cómo se puede afirmar desde la nada? Si en su momento lxs nihilistas rusxs se amparaban en el desarrollo científico, o Stirner en el YO, tenemos que preguntarnos necesariamente que entendemos entonces por nihilismo hoy.

Si lo concebimos como proyección negadora, esa nada detrás de las cosas tiene nuevos y distintos significados, y es que cuando volvemos tangible la negación del mundo nos encontramos también con quienes la afirman desde la “naturaleza salvaje”, el Islam, el proletariado, o la libertad, el tema es desde donde las diferenciamos si es que superamos las valorizaciones morales, ahí tal vez podríamos hablar de resultados amorales, por ejemplo que asesinar a un CEO es un ataque mucho más certero que a un empleado cualquiera, aunque esta respuesta queda corta, sobre todo con el rechazo que igualmente nos generan los ataques fascistas.

Entonces, ¿Cómo se justifica una postura antiautoritaria desde una perspectiva nihilista? Viendo el pequeño recorrido que realizamos, para comprender nuestro nihilismo es necesario posicionarnos en el presente, ya no estamos en los tiempos de la ciencia todopoderosa de la modernidad, ni en los de las grandes revoluciones occidentales o los asesinatos a presidentes en manos de anarquistas, esto no quiere decir que no existan, que la ciencia no se presente como salvadora en tiempos de pandemia y la OMS como institución reglamentaria, o que las revueltas no estallen en distintas regiones del globo, o bueno, ni hablar de Adinolfi, el atentado a la FSB y demás, pero entre esta multiformidad no existe un Dios que todo lo reúna, más que el Capital y la Democracia como los pilares fundamentales de la sociedad actual, el problema es cuando seguimos reafirmando conclusiones revolucionarias de un siglo atrás sin ser criticxs con el recorrido teorico-práctico que reivindicaba esas conclusiones, por ejemplo, seguir hablando de “conciencia” sin cuestionar la idea de Verdad y de Realidad del platonismo, o la idea de “evolución y revolución” sin cuestionar el orden dialéctico de la historia desde el que se paraban lxs compañerxs a finales del XIX.

Por lo tanto, abordar la nada o acercarnos a ella, supone también pensar qué es la nada en el presente y desde que perspectivas nos aproximamos, si es desde el reconocimiento de la falta de sentido pareciera tan real como superable, entendiendo que deberíamos “dejar detrás” esa falta de sentido a fin de poder proyectarnos al futuro, como una decisión rebelde voluntaria, de lo contrario lamentablemente nos estancamos en un solipsismo puramente estético que se reduce a una postura literaria. Por otro lado podemos pensar la nada como un encuentro con el abismo que nos separa del mundo, como un cuestionamiento negador de todo lo que hicieron de nosotrxs, hasta la más profunda de nuestras verdades, y tal vez sea ahí el lugar en donde la nada tenga contacto con la anarquía, cuando el nihilismo se mira a sí mismo y en esa percepción avanza, afirma el abismo en lugar de esconderse en la falta de sentido o en cielos humanistas, que simplemente reemplazan la falta de sentido de la democracia con creencias inversamente ideológicas. Pero siendo claros, y a riesgo de ser repetitivos, más allá de la parafernalia masturbatoria que algunxs hacen del nihilismo, estamos acá, estamos vivxs, encerradxs, y nuestras posibilidades son limitadas, podemos acercarnos a la nada y arder en nuestro interior, pero en la práctica hay un mundo con el que lidiamos, y al que enfrentamos en muchos casos, es ahí en donde realmente se ven nuestras ideas, en la práctica y también en la forma en la que podemos derrumbar los viejos dioses democráticos e izquierdistas, pero como propuesta real, no en la cómoda virtualidad, en la autoreferencialidad constante o en una teorización académica, el nihilismo y su peligrosidad depende de las formas en las cuales podamos materializar la nada y hasta donde somos capaces de reafirmarla sin caer en el abismo de “nuevas” verdades, sino en la práctica dinámica negadora que avanza en su propia falta de dioses, de ahí algunxs hablaran de la exaltación de su vida, otrxs de la belleza de la destrucción, y algunxs en el placer de la revolución anarquista, como un entrelace difuso que antes que estancarse en condiciones objetivas del proletariado, avanza peligrosa y caóticamente tanto en la revuelta como en la paz del progresismo y la servidumbre voluntaria.

La Rivolta. Número 6

 

¿Quién es Noam Chomsky?

Noam Chomsky es probablemente el anarquista estadounidense más reconocido, algo curioso dado que en realidad es un liberal de izquierda y un reaccionario puro en su especialidad como académico de teoría lingüística. También es, por donde se vea, un incansable, generoso y sincero activista —lo que desafortunadamente no asegura que su pensamiento tenga valor liberador.

Leyendo sus diversos libros y entrevistas, uno se sumerge en vano en busca de algún argumento anarquista o de crítica profunda. Cuando le preguntaron si “¿Todos los gobiernos son inherentemente malos?” su respuesta fue no (28 de enero, 1988). Motivado por su “deber como ciudadano”, es un crítico de las políticas gubernamentales mas no del gobierno en sí. El constante estribillo en su trabajo es un llamado a la democracia, a la “verdadera democracia”, a la “participación real”, la “participación activa” y cosas por el estilo.

Su objetivo es luchar “por un avance significativo en la democratización,” mas no por remplazar del mando político por una condición de no gobierno llamada anarquía. Sorprendentemente su práctica personal consiste en el reformismo orientado a esfuerzos simbólicos como la resistencia a impuestos y la membresía a la Unión Americana por las Libertades Civiles. En vez de una crítica al capital, sus formas, sus dinámicas, etc. Chomsky llama (1992) a luchar por un “control social más allá del inversionismo. Eso es una revolución social.” Qué declaración tan más ridícula.

Su enfoque casi exclusivo sobre Estados Unidos y su política exterior, revelan una estreches con una influencia demasiado conservadora para considerarle como pensador radical. Su llamado a una mayor implicación dentro de la política actúa contrariando el potencial de la marea subversiva, que de por sí es cada vez menor. El énfasis de Chomsky por la nave estatal gravita por sí mismo rumbo a la reafirmación de los Estados, e ignorando por completo temas importantísimos (como la naturaleza o la mujer, por mencionar algunos), cuestión que lo hace aún menos relevante.

En términos de las relaciones intergubernamentales sus posturas son igual de decepcionantes. Un punto primordial sobre este tema es el del Medio Oriente, y aquí observamos de todo menos un análisis anti-autoritario. Él ha argumentado consistentemente (en libros como The fateful triangle [El triángulo de la lealtad], 1983) la necesidad de una salida bilateral entre Estados por la cuestión de Palestina. Una formula característica: Israel con sus fronteras reconocidas internacionalmente, tendrá los mismos derechos que cualquier Estado en el sistema internacional, ni más ni menos.” Este tipo de posturas encajan perfectamente dentro de la farsa electoral y todo lo que representa. Siguiendo esta línea, respondió que el político de centro Ruben Zamora, era la persona a la cual más admiraba (Voices of Dissent [Voces del Disenso], 1992).

Chomsky se ha quejado varias veces de que el actual sistema y sus perros falderos, los medios de comunicación, han hecho todo lo posible por marginalizar y suprimir sus posturas, esto a pesar de la cantidad de libros de su autoría impresos. Algo irónico ya que él ha contribuido con más fuerza aún a la marginalización de las perspectivas anarquistas. Figura en incontables anuncios y testimonios dentro de publicaciones como The Nation, In these times y Zmagazine, pero nunca ha mencionado a Anarchy, Fifth State o cualquier otra publicación anti-autoritaria. Encumbrar acríticamente a los medios de la izquierda liberal está muy lejos de ser un mero descuido. De hecho, yo intercambie un par de cartas con él en 1982, hablando de este tema (las copias las tengo en mi poder). Lo que recibí fue una respuesta escueta de carácter pro-izquierdista y el posterior ndono de nuestro intercambio epistolar, mientras que por otro lado continúa dándole la espalda públicamente a cualquier punto de vista anarquista.

El libro más reciente de entrevistas a Chomsky, Class Warfare [Guerra de Clases], es promovido en los ambientes liberales-izquierdistas como “una nueva y accesible forma de entender La Revolución Republicana. ”Supuestamente provee respuestas a preguntas tales como: “Por qué como partidario de los ideales anarquistas, está a favor del fortalecimiento del Gobierno Federal.” La verdadera respuesta, dolorosamente obvia, es que él no tiene un pelo de anarquista.

Siendo profesor de lingüística en el Instituto de Tecnología de Massachuset, alcanzó la fama y la fortuna por sus concepciones acerca del lenguaje. El profesor Chomsky ve al lenguaje como una parte sujeta e innata de una “naturaleza humana esencial” (Barsamian, 1992). El lenguaje se desarrolla sobre un camino intrínsecamente determinado, muy similar al de un órgano físico. En ese sentido, Chomsky dice que el lenguaje “simplemente despierta” (1988) y que deberíamos estudiarlo como si “estudiáramos cualquier problema de biología” (1978). En otras palabras, el lenguaje, la parte más fundamental de la cultura, no tiene ningún vínculo con la cultura y es una cuestión de desarrollo instintivo a través de la especialización biológica.

Aquí, como en cualquier otro punto, Chomsky no puede ni siquiera imaginar alguna problemática sobre los orígenes de la alienación o desconoce las investigaciones fundamentales sobre lo que realmente es la cultura simbólica. Para él, el lenguaje es estrictamente un fenómeno natural poco relacionado con la génesis de la cultura humana o el desarrollo social. Una perspectiva severamente retrograda y poco radical, ligada a su falta de voluntad para cuestionarse otras cosas fuera de su reducido enfoque político.

En la edición del verano de 1991 de la revista Anarchy se incluyó “Una breve entrevista con Noam Chomsky sobre Anarquía, Civilización y Tecnología”. Nada para sorprenderse, de hecho fue un intercambio un poco extraño dada la antipatía general del profesor por estos tres tópicos. El tema de la anarquía fue evadido por completo, tal y como lo ha venido haciendo todos estos años. Al responder a varios de los cuestionamientos sobre civilización y tecnología, él estaba obviamente incomodo, así como falto de preparación para dar una respuesta bien fundamentada. Desconectado de las nuevas líneas de pensamiento que críticamente re-examinan la naturaleza de la civilización, ignoraba la creciente literatura al respecto, y su inminente influencia en el movimiento anti-autoritario.

Con respecto a la tecnología su respuesta fue un poco más extensa, aunque bastante desganada, demostrando que estaba tan a oscuras como cuando se le cuestionó sobre la civilización. Sus respuestas eran los clásicos, poco examinados y desacreditados clichés pro-tecnológicos, que cada vez gozan de menor credibilidad entre los anarquistas: la tecnología es simplemente una herramienta, un fenómeno “más o menos neutral”, para ser visto solo en términos de usos específicos, igualmente no examinados. De hecho Chomsky declara que los automóviles están bien, que el único problema son los ejecutivos detrás de las grandes corporaciones. Lo mismo con la robótica, piensa que es algo caído directamente del cielo y que no tiene conexión alguna con la dominación de la tierra, la división del trabajo, etc. En resumen, él proclama que “la única cosa capaz de resolver los problemas medioambientales es la tecnología avanzada”. Exactamente: ¡quiere más de la desalmada y anti-ecológica tendencia que ha creado la pesadilla actual!

En la primavera de 1995, Chomsky donó una buena parte de las ganancias que recibió tras una concurrida conferencia sobre las políticas internacionales de Estados Unidos al 223 Freedom and Mutual Aid Center [Centro Libertario y de Apoyo Mutuo 223] de Portland, mejor conocido como la infoshop anarquista local. Para honrar apropiadamente al generoso benefactor, la infoshop invirtió el dinero, primero que todo en un sistema de cómputo, y unos meses después financiarían un folleto promocionando el espacio y las ideas que lo sostienen. Entre las citas más prominentes que adornaban este panfleto está una que empieza; “La misión para una sociedad industrial moderna, es alcanzar los avances técnicamente realizables…” Un lector atento quizá no necesite que le cuente quién es el autor de estas palabras, ni que le diga por qué esto no puede tener ninguna influencia sobre el pensamiento radical. Para aquellos de nosotros cuyo objetivo es ayudar en la abolición total de nuestra “moderna sociedad industrial”, nos parece extremadamente repulsivo celebrar abyectamente su realización.

John Zerzan

Tomado de “El Reverdecer Anárquico”. Editorial Revuelta Rústica

Hacia la insurrección permanente: por la radical destrucción de lo existente

“Cara a cara con el enemigo, sin mediaciones ni gestorías: he ahí la divisa y el
emblema de una práctica de intervención, orientación y potencialidad
anarquista”

Rafael Spósito

Digámoslo de esta manera: tal vez no es más que una simple cuestión de “fe”, pero tomamos nota de que no hay más sordo que quien no quiere oír ni más ciego que quien se niega a ver; por lo tanto,sabemos que es una batalla perdida de antemano –y energías desviadas del ataque– tratar de persuadir a los eternos guardianes de las “sagradas escrituras” en torno a la urgencia de renovación de nuestra teoría y nuestra práctica con una redefinición actualizada de nuestros trazos. Esos que no oyen ni quieren ver la necesidad de un nuevo rumbo anárquico en el contexto contemporáneo –frente a la reestructuración del capitalismo y el Estado, bajo el reino de las nuevas tecnologías–, son quienes engrosan hoy el conjunto de obstáculos que enfrenta el presente desarrollo del anarquismo.

Aquellos que aún permanecen anclados al modelo tradicional del “anarquismo clásico”, en sus organizaciones de síntesis y/o en partidos especificistas–estructurados de manera rígida en verdaderos aparatos burocráticos donde, inevitablemente, delegan estudios de “coyuntura” y elaboran conclusiones, instruyendo desde el púlpito qué hacer para frustrar el avance de la dominación–, ya no nos aportan nada con su visión ideologizada y su versión mediatizada de la lucha ácrata. Mientras no terminen como informantes y/o secuaces confesos del presente histórico-social, deberían sernos completamente indiferentes, excepto por la función que desempeñan en términos de propaganda (completamente opuesta a nuestras reflexiones).

Cada vez es más evidente el prejuicio ideológico de estos “sordos” y “ciegos” contra la tendencia insurreccional, con especial pedantería contra la organización informal, no sin dejar de hacer caprichosas distinciones entre un pretendido “informalismo bienhechor”–mucho más tolerable– que invita a la difusión comunitaria del apoyo mutuo y otro, sumamente inaceptable y consecuentemente insurreccional que incita constantemente al ataque contra la dominación y «pone en peligro al “movimiento” en general y al “anarquismo organizado” en específico».

Contrario a los prejuicios de las organizaciones rígidas y su ideología trasnochada, centramos nuestro interés en todas esas negaciones en movimiento; enfocamos nuestra mirada en el conjunto de tensiones anárquicas emergentes –desde las y los lobos solitarios anarconihilistas hasta el insurreccionalismo queer, por poner un par de ejemplos concretos– que estudian al enemigo para saber inmediatamente dónde golpearlo con todas sus fuerzas. Tensiones que, utilizando el lenguaje actual que parece haberse arraigado en esta porción de la galaxia anárquica, se identifican con el denominado “anarquismo de acción”, es decir, con la informalidad organizacional y la práctica insurreccional permanente.

Sin embargo, dentro de nuestro propio universo, frecuentemente se utilizan conceptos que –ya sea como reafirmación identitaria o, con la intención de distinguirnos de las demás luchas y/o deslindarnos del inmovilismo prevalente– a veces crean más confusión en la escena, envolviendo en una espesa niebla ese mínimo de claridad indispensable para el avance de la guerra anárquica y la forja de un sustrato común.

En este sentido, es posible situar, a partir de esta suerte de “cosmovisión”, desplazamientos y reubicaciones conceptuales que, en conjunto, implican un giro que tal vez quepa calificar de “radical” y que, de hecho, intenta reorganizar el campo de entendimientos y significaciones. Empero, en ocasiones topamos con verdaderas desvirtuaciones que, sin proponérselo, dejan de acompañar su aliento insurreccional de la reafirmación intransigente de nuestros principios. Así las cosas, continuamente encontramos como el propio concepto de “anarquismo de acción” a veces es reducido a su mínima expresión.

Definitivamente, la acción anárquica no puede diseccionarse como si se tratara de una zanahoria que intentamos cortar en rodajas, cada una de las cuales es digerible o no en su aislamiento. Cualquier acción anarquista, desde la perspectiva del anarquismo de praxis, implica un conjunto de factores –análisis e identificación del enemigo, evaluación general del proyecto (del que se puede ser parte), ataque y; luego, sistematización y elaboración de teoría a partir de la experiencia práctica, etc., lo contrario, sería restringir nuestra lucha a la limitada actuación de un grupo de especialistas. Por eso, consideramos apropiado que el concepto de “anarquismo de praxis” incluya este conjunto de factores, y no solo la “acción destructiva en sí misma”.

Es evidente que el anarquismo de acción es ese que no se queda en la “Idea”, es decir, que no se limita a la elaboración intelectual, sino que se traduce en acciones de ataque concreto al sistema de dominación imperante dándole vida a la Anarquía; no obstante, habría que agregar que a veces no todo lo que está diseñado como una posible “acción concreta” se convierte en un ataque “efectivo”, ya que pueden darse condiciones que impiden su desarrollo.

Definitivamente, el concepto en cuestión no debe circunscribirse a quienes llevan a cabo la acción destructiva, sino que ha de involucrar a todas las y los cómplices que desarrollan un sinfín de quehaceres paralelos facilitando el accionar final: desde la expropiación –proporcionando primero los insumos necesarios para el ataque y, después, facilitando la edición/impresión de materiales teóricos elaborados a partir de la experiencia práctica– hasta el análisis en función de la acción realizada. De tal suerte, el viejo concepto de “acción directa” se enmarca en el mismo razonamiento y, se complementa con la idea de “anarquismo de acción”, ya no reducida a los clásicos esquemas de actuación del (casi) extinto movimiento obrero en torno a la huelga –el sabotaje industrial y el boicot– ni tampoco como una expresión únicamente aplicable a nuestras acciones destructivas sino en tanto característica básica del perfil y posicionamiento anárquico.

De igual forma, existen otros conceptos que se esgrimen a modo de “identidad” que con cierta frecuencia son utilizados de manera confusa. En ese sentido, consideramos que es muy presuntuoso asumirnos como los únicos portadores de ciertos talantes con el propósito de diferenciarnos de los “otros”. Por ejemplo, con el uso impropio de la definición de “anarquista individualista”: acaso pretendemos monopolizar un rasgo que, como anarquistas, es indiscutible que aplica para todos; es decir, que todas las y los anarquistas coincidimos en que ningún grupo humano, sea grande o pequeño, debe
forzar la integración de las personas, por el contrario, consideramos vital incrementar la individualidad, su potencia y sus capacidades. Como anarquistas, estamos conscientes que cualquier “unión”, por muy bien intencionada que sea, siempre requiere la renuncia de los individuos a la plena disponibilidad sobre sí mismos. Al ser únicos –¡no somos iguales!–, cada quien busca asociar lo que tiene en común con las y los demás, no lo que nos distingue y nos separa de los otros, de lo contrario la coordinación sería imposible. Sin embargo, consideramos que sí es viable la coordinación en momentos y situaciones específicas y, con fines previamente concertados, sin renunciar a nuestra autodeterminación táctica y estratégica (precisamente, ese es el propósito de concretar un espacio insurreccional internacionalista).

Por supuesto, siempre se podrá demostrar, particularmente en nuestros días que todo se ha venido clarificando –aunque, no fue así desde el principio–, que nunca ha faltado la actuación de ciertos “anarquistas” (sobre todo en el pasado, pero también en la actualidad) que han impuesto límites absurdos a través de organizaciones burocráticas, repletas de “declaraciones de principios”, “estatutos”, “reglas” y, otras mil restricciones. Empero, a la hora de hacer balance y examinar el pasado, no podemos olvidar las reflexiones de época, es decir, las “mentalidades” prevalentes, las lecturas caducas que se hacían del mundo y el orden que se asignaba al conjunto de cosas y eventos.

Por último, tampoco podemos obviar la fascinación que existía y, lamentablemente todavía existe en ciertos sectores, por el desarrollo cuantitativo –verificable tanto en las organizaciones sindicales como en las de síntesis–, apostando al crecimiento aritmético como si por el sólo hecho de crecer pudieran poseer todas las “positividades”, eliminando a priori cualquier dificultad, incluidas las renuncias, las actitudes autoritarias y las traiciones que surgieron por aquí y por allá en momentos neurálgicos del movimiento anarquista. Ya ni hablar de las desvirtuaciones del “anarco-populismo” que ha venido tomando cuerpo en nuestros días, un coctel ideológico mefítico (ensayado en laboratorio a partir de dos ingredientes: el añejo plataformismo y, una suerte de leninismo posmoderno, mezclados en partes iguales y servido al tiempo) que impulsa “gobiernos progresistas” en nombre del “Poder Popular”.

Desde luego, quizá valga aclarar –para evitar una malinterpretación de lo antes expresado– que cuando señalamos el “uso impropio de la definición de anarquista individualista”, no significa que no reconozcamos la presencia histórica de estas lobas y lobos solitarios al interior de la tendencia insurreccional e informal (capaces de eliminar tiranos y hacer temblar a la dominación –y a la servidumbre voluntaria– de su época) y, sus tremendos aportes al conflicto anárquico, incluso en nuestros días, con sus osadas acciones contra toda autoridad. Nos referimos a ese hincapié improcedente que a veces se hace desde algunos grupos de afinidad, en franca contradicción con sus propios postulados, llegando en ocasiones a enredar más la madeja y a exacerbar diferencias realmente inexistentes en nuestra tendencia.

Otro concepto que con frecuencia también es sacudido y empleado a modo de “remedio universal” es la afinidad. En lugar de entenderse como una práctica “organizacional” frente a las estructuras rígidas de la “organización formal”, ahora se esgrime como criterio “anti-organización” o, a modo de “estructura de convivencia comunitaria” –como plantean algunos “anarco”-liberales desfasados, ante la pandemia de Covid-19, renunciando al ataque–, lo que aumenta la confusión e introduce contradicciones incluso donde no las había (¡y donde no deberían existir!).

En concreto, ha sido en el marco de acontecimientos puntuales del movimiento anarquista y, mediante debates internos que se han ido articulando en diferentes momentos, que el significado de “informalidad” (es decir, de “grupos informales” y/o “organización informal”) ha adquirido su propia especificidad. Tanto es así que, por ejemplo, los “grupos informales” concretos, también han operado al interior de organizaciones sindicales y organizaciones específicas (ejemplo el grupo “Nosotros” en el Movimiento Libertario español). Por lo tanto, es evidente que la informalidad (de los “grupos”) también puede estar contenida dentro de estructuras organizativas rígidas que se consideran “formales” a sí mismas, no tanto y no sólo porque lo asuman en su nombre, sino porque están estructuradas de esa manera, se establecieron con tal fin y, tienen evaluaciones internas y parámetros operativos que persisten más o menos estables en el tiempo, o que cambian según acuerdos establecidos.

En resumen, incluso dentro de la “máquina organizativa formal”, los grupos informales pueden actuar (y han actuado). Sin embargo, es a partir de las dinámicas y debates de las últimas décadas del siglo pasado que el concepto de “informalidad” contrasta como propuesta organizacionalmente válida para ir más allá de los límites y, superar las contradicciones de las históricas organizaciones anarcosindicalistas y del anarquismo especificista de síntesis: la formalización de las relaciones dentro de una maquinaria mastodonte que requiere sus tiempos y energías, con sus obstáculos burocráticos y formas preestablecidas de relaciones, desangra a sus asociados, para colmo, en un sistema que persigue sus propios tiempos a una velocidad cada vez más fuera del alcance humano. En este contexto, la herramienta organizativa se convierte en un fin en sí misma, ¡no en un medio útil para los fines por los que fue concebida! De ahí, la necesidad de dotarnos de nuevas herramientas, nuevas formas de organización, para adecuar la lucha anarquista ante las nuevas estructuras dominantes, mejorando las relaciones inmediatas entre compañeros y compañeras que con su fluidez redefinen las necesidades organizacionales para enfrentar las vicisitudes y las dinámicas interna y externa.

Si bien, la asociación de compañeros y compañeras en grupos de afinidad puede ir mucho más allá de los límites y contradicciones de las estructuras rígidas de las orgánicas sindicalistas o de síntesis – al asentarse en relaciones directas que favorecen, entre otras cosas, el conocimiento personal mutuo y la intimidad–, evidentemente, esta forma organizativa por sí misma, no nos garantiza que no aparezcan ciertas dificultades que sólo con el esmero perenne de cada quien pueden llegar a “erradicarse”. Por ejemplo, la misma diversidad de personalidades –con diferente preparación, experiencia y, capacidad de síntesis y análisis– que integran un grupo, puede determinar la aparición de “líderes naturales” (no buscados ni deseados sino completamente espontáneos). Siempre han existido personalidades que hacen más que otras y, a veces, mejor que otras, y evidentemente, no pueden ser forzadas a medirse con los mismos parámetros de una “igualdad” incomprendida para “todos” y “todas”. Por lo que, valorar la riqueza y la contribución de cada quien al quehacer del “grupo de afinidad”, en aras del proyecto a compartir en la lucha contra lo existente, no excluye la responsabilidad individual de cada quien frente a las relaciones internas que se establezcan. Desde este punto de vista, incluso la afinidad no nos garantiza nada. Siempre será la tensión permanente individual la que cree continuamente los diques necesarios para confrontar los momentos – “espontáneos”– de autoritarismo y arrogancia individual y/o colectiva, evitando la formación de espacios de poder y las actitudes centralizadoras, de la misma manera que seguramente sucederá en un hipotético mañana liberado. (¡El Estado no salió del sombreo de un mago, sino de la condición que precede la centralización del poder!).

Otro concepto que bien merece que nos detengamos un momento a reflexionar es el de “Nihilismo”. De hecho, si lo sacamos del contexto poético y lo colocamos frente a la lectura del escenario concreto, será evidente, para todas y todos, que su empleo es común a muchas de las tensiones que animan el anarquismo contemporáneo (informal e insurreccional). También es indiscutible que este concepto ha tenido presencia en nuestras filas desde hace más de un siglo, contando con connotadas figuras de larga trayectoria insurreccional que en su época se autodenominaron anarco-nihilistas. Así las cosas, comencemos señalando las dos acepciones del término “Nihilismo”: si bien es una expresión indeclinable que se usa en el nominativo y acusativo; por una parte, puede emplearse como sinónimo de “nada”, en el sentido de “vacío” o, “nūlla res”, es decir, ausencia absoluta de alguna “cosa” (o realidad); pero también puede referirse a la “nada” de manera precisa, predefinida, determinada, cuya conformación puede emerger de lo indeterminado de las formas estables y/o cambiantes. Ahora bien, si admitimos que desde los parámetros del anarquismo contemporáneo, se excluye de antemano la salvaguarda de los elementos fundadores del actual sistema de dominación, entendiendo la inutilidad y/o nocividad de estos en la posible “sociedad futura”, es consecuente asumir que esa sociedad futurista carece de boceto o esquema que pueda definirla y/o describirla en la actualidad. Si tenemos que destruir de inmediato todo lo existente –por las razones que resumimos sucintamente– nos queda claro que somos necesaria y obstinadamente “nihilistas” en la segunda acepción del vocablo. Entonces, la supuesta diferencia radical desaparece, de hecho, no existe ninguna diferencia desde esta forma de entender las cosas, entre quienes se asumen anarquistas individualistas y nihilistas y, no aspiran a un “anarquismo preconstituido”, por una lado y, por otro, aquellos, que también se admiten anarquistas insurreccionales pero no excluyen la hipótesis de la posible participación de un sector de los excluidos dentro de la dinámica destructiva de la insurrección y, paralelamente, tampoco le apuestan a una hipotética “sociedad anarquista preconstituida”.

Aquí, reaparece la añeja trama del individuo-sociedad y las diferencias entre los llamados anarquistas individualistas “puros” y los denominados anarquistas “sociales”, pero más allá de las etiquetas con que cada quien nos decoremos, nos queda claro que la historia no está ordenaba “ontológicamente”, sino que está constituida por lecturas e interpretaciones de dinámicas político-culturales y sociales, mediadas (¿por qué no?) por la sensibilidad particular y la tendencia individual. Pero más allá de esta obviedad, que tiene sus propias razones, ¿existen contextos generales y particulares que algunos prefieren excluir definitivamente, por más que sean necesarios, mientras otros admiten que aún hay posibilidades de algún tipo de participación de los “sectores sociales” en el proceso destructivo-insurreccional?

A menudo recurrimos a las demostraciones que nos ofrece la Historia para concluir definitivamente que cada “Revolución” (en su acepción de “levantamiento popular contra lo existente” – o insurrección generalizada), ha desembocado siempre en nuevos poderes centralizados (léase dictaduras) y que, per se, es ajena y enemiga del anarquismo, ya que luchamos contra el poder centralizado en sí mismo. Pero, tan pronto como avanzamos un poco más allá de esta conclusión, y comenzamos a hacer distingos entre “insurrección” y “Revolución” y/o, nos planteamos la “posibilidad revolucionaria” y la eventual “participación social” en nuestros días, la discusión prevalece (y muchas veces se enardece) porque quienes sostienen una u otra posición cuentan con un abundante arsenal argumentativo y, es que estas diferencias distan mucho de ser menores pues exceden los regocijos académicos y se instalan en las justificaciones de formulaciones prácticas y organizativas en torno a la actualidad u obsolencia del “proyecto revolucionario” e, inclusive, entroncan con las diferencias en torno a la visión cuantitativa y el consecuente inmovilismo implícito en la espera de “condiciones objetivas y subjetivas” (es decir, el pretendido despertar y desperezamiento de la servidumbre voluntaria) para la “inminente” concreción de la insurrección generalizada, lo que inevitablemente provoca divergencias y polémicas por lo general irreconciliables.

Ante esta disyuntiva, hay compañeros y compañeras que optan por cortar de tajo la discusión y plantearla en blanco y negro: «o consideramos que hay posibilidades concretas de destrucción definitiva del presente histórico, o creemos que no existe ninguna». De tal forma, rematan que quienes piensan que no hay ninguna posibilidad, «volatilizan de antemano cualquier pensamiento sobre el hipotético mañana liberado y tienen su alma en paz, ya que eliminan el problema en torno a la necesaria afinidad entre medios y fines y, toda planificación de la destrucción del presente y lo que siga».

Y en efecto, podría concluirse que al minimizar y/o negar las posibilidades de alcanzar el “fin”, se desprecian automáticamente “los medios”; sin embargo, pesa a la icónica reflexión anárquica (“los medios condicionan el fin”) en respuesta a la máxima maquiavélica (“el fin, justifica los medios”), en verdad, la elección de los medios para los y las anarquistas, va acompañado siempre de nuestros principios éticos (decididamente antiautoritarios) y no está condicionado por el hipotético fin anhelado.

Por su puesto, quienes plantean la imposibilidad de una ruptura sediciosa en nuestros días y aseguran que cualquier “Revolución” desembocará una vez más en dictadura –aún más en las condiciones que hoy impone un hipercapitalismo multicéntrico mucho más autoritario, de la mano de la tecnología y la redefinición genética de todo organismo viviente–, no se quedan atrás a la hora de pronunciarse ante quienes consideran realizable la destrucción definitiva del sistema de dominación, insistiendo en la “caducidad del análisis” y la “lectura ideologizada” de las y los defensores del “proyecto revolucionario posmoderno”. Pero si todavía hay compañeros y compañeras que consideran que existen posibilidades de destrucción del sistema centralizado de poder, en consecuencia, deben evaluar mejor la correlación de fuerzas y las interacciones que se desarrollan en la actualidad; ya que en este caso, la “voluntad de hierro” del guerrero, o de la coalición de guerreros y guerreras, no será suficiente para derribar al enemigo. Exactamente, en esta dinámica el “movimiento anarquista” (en su integridad histórica) se ha presentado siempre como un ente sedicioso –con el templado objetivo de destruir radicalmente la estructura institucional– que, al rechazar cualquier hipótesis en torno a la conquista del poder, coloca el evento “insurreccional” como el momento decisivo de la destrucción del enemigo. Sin embargo, es evidente que las condiciones actuales no son las mismas que hace un siglo atrás. Desde luego, esta afirmación no representa la negación a priori de la sedición social. Si mañana se concretara la ansiada insurrección generalizada, estamos convencidos que será bienvenida por todos los componentes (individuales y colectivos) de la tendencia, rebasándola siempre y orientándola hacia la Anarquía; lo que tampoco significa que estamos dispuestos a ser sorprendidos por la generalización de la lucha de los sectores excluidos, sino que vivimos atentos a todo brote sedicioso con el fin de exacerbarlo hasta las últimas consecuencias.

El hecho que en la actualidad, la tendencia anarquista informal e insurreccional, reconozca la inhabilidad de la preservación de los elementos del sistema para su uso futuro y, se centre en la destrucción de lo existente, dejando así abierto el futuro al “nihilismo” –poniendo en claro que no hay nada definido ni definible en el presente–, no afecta en modo alguno su validez ni la importancia de su accionar. Empero, la dominación y el poder no desaparecen en absoluto. Tanto es así que no hay tensión anárquica –en el contexto de la tendencia que nos ocupa–, que no lo tenga en cuenta y, no intente, más o menos, “solucionarlo”; frecuentemente, con cierto candor y otras, con ilusiones totalmente milagrosas, a pesar de lidiar con el tema en términos concretos. Por lo que a veces nos encontramos con compañeros que –ingenuamente– inscriben sus ilusiones en la misma lógica de las relaciones de poder sin cuestionarse demasiado y, vislumbran la lucha anárquica como un campo de batalla donde se enfrentan dos bloques en aras del triunfo definitivo; algunos le apuestan únicamente a la propaganda que emanaría de la acción destructiva en sí, considerándola aún más eficiente si va acompañada de comunicados explícitos; otros ponen sus ilusiones en el “contagio” de la acción destructiva y eligen el anonimato, reduciendo la acción sediciosa a una cuestión biológica; y, por supuesto, hay quienes, en cambio, se aferran al despertar de la servidumbre voluntaria y a posiciones similares, propias de los nucleamientos “anarco-sociales”, superadas por eventos y dinámicas del presente histórico que, continuadamente, vuelven obsoleta cualquier hipótesis general –válida en todas partes y para todos– de intervención subversiva-destructiva.

Y es justo en torno a estos tópicos que surge otro viejo concepto bastante vapuleado en nuestros días: la “propaganda por el hecho”. Históricamente, este concepto ha tenido su muy particular  significado en los círculos anarquistas, quedando auténticamente definido como la difusión del ideal anárquico a través de la violencia directa contra la dominación, ya sea mediante la eliminación física de los representantes del Poder y/o, por medio del ataque a su infraestructura o a sus instalaciones más emblemáticas (edificios gubernamentales, estaciones de policía, cuarteles del ejército, judicatura, legislativo, iglesias, etc.). Tal como lo indica la combinación de vocablos, esta divulgación activa del ideario ácrata no requiere la intervención de las palabras, ya que es el propio “hecho” el que expresa el sentido de la acción, por lo que no necesita ir acompañado de reivindicación alguna. A esta concepción, iban aunadas las reflexiones de época –inspiradas en las aspiraciones de “concientización de las masas proletarias”– que anhelaban la apropiación generalizada de los métodos revolucionarios, por lo que se recomendaba no reivindicar las acciones para conseguir su imitación por la mayoría de los explotados.

Sin embargo, nunca fue del todo cierto que la “propaganda por los hechos” se limitara única y exclusivamente a lo que “expresaba” la acción en sí. Por el contrario, la mayoría de las veces fue acompañada por cartas póstumas y/o manifiestos firmados por sus ejecutores –por lo general, publicadas en los periódicos anarquistas del momento– donde se narraba explícitamente el motivo de la acción o, en su defecto, los hechos eran reivindicados en exaltados editoriales glorificando a los “mártires de la Anarquía” y exponiendo las justas motivaciones que les llevaron a proceder contra la dominación.

Ciertamente, la mayoría de las acciones de “propaganda por los hechos”, salvo rarísimas y contadas excepciones, fueron realizadas por compañeros y compañeras anarquistas que actuaban motivados por sus convicciones y/o en represalia por las ejecuciones de sus compañeros. Jamás se verificó la “imitación” de las acciones por parte de los sectores sociales excluidos (ya fueran motivadas por los hechos anónimos o por las reivindicaciones editoriales), por el contrario, el “contagio” se manifestó entre los propios anarquistas que descifraban fácilmente el mensaje de sus compañeros e igualmente optaban por abandonar la espera por las “condiciones revolucionarias” y, vencían el miedo al poder omnipotente actuando en total complicidad.

En el marco de la dinámica del anarquismo contemporáneo, donde cada componente busca “su” solución, lejos de incrementarse las diferencias, constantemente surgen puntos comunes fundamentales para todas y todos los interesados. En primer lugar, detectamos que no es del todo cierto para ningún componente anárquico, el absoluto alejamiento de lo “social”, ya que –aunque declaren no tenerlo en cuenta– a menudo llaman a intensificar nuestro accionar y desbordar los límites cada vez que se presenta el más mínimo brote de explosión social. Por otro lado, tampoco es verdad que los presuntos “antisociales” no tengan un ojo puesto en la posibilidad post-insurgente, ya que reafirman abiertamente estar tan atentos al futuro como lo están del presente, con la determinación de cortar de raíz cualquier intento o manifestación de poder centralizado por muy “revolucionario” que se asuma; simplemente, no desean restringir el presente con estrechos parámetros ni darle una connotación determinante a lo que pudiera construirse hipotéticamente mañana sobre las ruinas del presente.

En esta misma tesitura, también se inscriben los “otros”, esos que todavía permanecen anclados en las orgánicas rígidas y burocráticas. Si bien este sector se equivoca persiguiendo paradigmas totalmente irrelevantes frente al actual contexto de lucha, es innegable que no desisten en su intento por permanecer lo más cerca posible de la realidad concreta, sin renunciar –pese a nuestros constantes reproches– a ninguno de los anhelos anárquicos, conscientes de que sólo la insurrección permanente abre la posibilidad de confrontación concreta con el sistema de dominación, sin que, ni siquiera “ellos”, pretendan desde hoy imponer lo que sobrevendrá en la hipotética post insurgencia.

Por lo pronto, es posible apreciar una suerte de “acercamiento” general, a modo de diagnóstico de la tendencia informal e insurreccional anárquica, destacando y reconociendo que en su interior existen diversidades irreductibles con sus tensiones, preferencias y formas de abordar la destrucción inmediata de lo existente; pero este hecho, no obstaculiza el desarrollo de nuestro sustrato compartido ni dificulta nuestros objetivos ancestrales de destrucción de toda dominación, sino que abona el terreno para limar asperezas –muchas veces exacerbadas– y consolidar entendimientos. De ahí la propuesta de rebasar concretamente los límites y deficiencias actuales desde la perspectiva de un posible paradigma anárquico renovado que ya no podrá limitarse a ningún espacio “regional” sino que exige la protagónica imbricación internacionalista y su consecuente proyección insurreccional.

Se asiste entonces, al abandono de todas nuestras certezas, a la absoluta indolencia frente a los rituales burocráticos de los recipientes organizativos rígidos, al imperioso rechazo a las planificaciones inviolables e incapaces de corregirse a sí mismas y, se pasa a explorar las infinitas posibilidades de nuevas prácticas susceptibles de provocar y promover el caos, cobrando vida nuevas tensiones que se vuelven móviles y se reconocen más en los recorridos vitales que en la estabilidad mortal de los lugares fijos. Hoy, las historias previsibles ya no conmueven y, los deseos se concentran en el ataque despiadado a toda forma de poder, se nutren en el placer de la insurrección permanente y la pasión por la sorpresa, exaltando el descubrimiento de lo nuevo.

Tomado de Reflexiones en torno al sustrato anárquico contemporáneo informal, insurreccional e internacionalista. Febrero/Abril, 2020

Las limitaciones del accionar clandestino

 

Acción Revolucionaria fue un grupo armado formado por compañeros y compañeras anarquistas y libertarios en el contexto de la lucha de clases en Italia, que se articuló de manera radical y generalizada a finales de la década del setenta. Por aquellos años, el ataque general del proletariado puso en tela de juicio todos los aspectos del sistema de dominación, desde la economía hasta la enseñanza, del militarismo a las diferencias sociales, pasando por los intrínsecos lazos Iglesia-Estado, encontrando su equivalente respuesta en la extensión de las acciones armadas en perjuicio de todas las instituciones, sus edificaciones y sus personeros.

Un movimiento revolucionario de tan largo alcance, apoyado por todas las franjas subalternas, sí requería de estímulos cotidianos que elevaran aún más el nivel de la confrontación; desde luego, no tenía necesidad de un dispositivo profesional totalmente separado que se levantara como vanguardia armada con la ilusión de golpear un inexistente «corazón» del Estado. Solo desde una concepción del Estado-Capital, centrada en la lectura de las relaciones sociales determinadas por un único centro de Poder y, no por toda la dinámica que determina las relaciones sociales en todos los niveles de la vida: económico, político, cultural-ideológico, etc. –o sea, solo desde una concepción unilateral y monolítica del Poder que, presuponiendo un «centro» prefigura su control, puede auto-nombrarse vanguardia de la revolución y preparase para la pretendida toma del poder. No es por casualidad que las primeras formaciones armadas clandestinas –verdaderas estructuras partidistas– fueron constituidas por núcleos marxistas-leninistas (las Brigadas Rojas, por ejemplo).

La tensión (documentada en varios análisis que quedaron registrados en diferentes documentos) que inspiró a los compañeros que dieron vida a Acción Revolucionaria, no puede entenderse si no se inscribe en el contexto social de la época que le fue propicia […], marcada por un singular entusiasmo muy extendido, fundamento en las presuntas condiciones insurreccionales generalizadas del momento como consecuencia de evaluaciones incorrectas sobre la función de la lucha armada, forzosamente equiparadas a la creación de grupos operativos que pretendían garantizar una mayor contribución a la evolución de la lucha y potenciar el enfrentamiento desde la clandestinidad; concibiendo con esto también el contraste y el desafío que suponía al supuesto monopolio del ataque armado/violento de las franjas autoritarias del movimiento revolucionario.

Y aquí, surge una contrariedad de considerable importancia, a menudo pasada por alto en las discusiones o no abordada con la debida atención en los análisis de los compañeros. La fascinación por el ataque armado especializado y, por las acciones militarmente impecables que, por supuesto, conquistan siempre las primeras planas de los medios de comunicación, a menudo, también afecta a algunos compañeros anarquistas y/o anti-autoritarios. En la situación general por la que atravesaba Italia en la época en que se originaron los partidos armados y que también cobró vida el grupo Acción Revolucionara, se creyó (y algunos todavía lo creen) que mediante la clandestinidad voluntaria o sea, a través de la distorsión permanente de la realidad, de su propia identidad y de su experiencia, se alcanzaría una fase superior del desarrollo de las acciones destructivas contra el poder establecido, mucho más fructífera de acuerdo al desarrollo de la insurrección generalizada. Esto, sin dudas, puede llegar a ser cierto, pero sólo puede sostenerse desde el punto de vista técnico-militar especializado. Sin embargo, justo por eso, es una visión limitada y en definitiva, desviada de nuestros principios y fines, para nosotros los anarquistas insurreccionalistas.

En primer lugar, porque la clandestinidad impone límites naturales a las relaciones, ya sean con el resto del movimiento o con el ámbito social en el que debemos trabajar en simbiosis cotidiana, con el fin de conocer sus tensiones, sus debates, su nivel de preparación, sus proyectos en curso, sus proyectos en elaboración, etc.; con el fin de participar activamente en todos estos planes y no cavar –nosotros mismos– un surco profundo que nos aísle del enfrentamiento real. En segundo lugar, porque aún cuando lográramos alcanzar niveles especializados en un momento dado, el uso de las armas y más genéricamente, el ataque destructivo en contra del poder establecido, hace a un lado –debido a la incapacidad de practicarlo en todas sus dimensiones–, otros momentos no menos importantes para el insurreccionalista que lo puramente militar: la participación activa en lo que yo definiría –por cuestiones prácticas de sencillez en el lenguaje y no por abstracciones ideológicas– como «intervención de masas» (es decir, el desarrollo y la difusión de herramientas editoriales, participación e intervención en asambleas públicas, etc.). En tercer lugar, porque el alto grado de especialización (en técnicas operativas y uso de materiales específicos) en el terreno militar marca una distancia considerable, cuando no crea un abismo insalvable, entre el especialista y las masas que, en las circunstancias aquí descritas, se ve obligada a asistir pasivamente –o, a lo sumo a actuar como espectador– frente al enfrentamiento entre las dos entidades envueltas en una lucha feroz, ante lo que se limita a tomar partido por uno u otro bando en conflicto, no pudiendo tener un rol activo por la falta total de conocimiento en técnicas y materiales –ignorancia que contribuye a exagerar tanto los riesgos como el alcance real de la lucha, originando la representación generalizada.

La adquisición de especialistas, como podemos apreciar, por regla general supone momentos carentes de análisis y debates: la necesaria representación de todos los otros aspectos que en conjunto dotan de contenido al proyecto anárquico con miras a marchar junto a la mayor parte de los excluidos en los intentos por asaltar el cielo; aún siendo portadores de la representación justo en aquel sector para el que se convierten en especialistas.

La elección de la clandestinidad voluntaria –en el marco de un análisis que tenga en cuenta todos los aspectos de la intervención insurreccional–, se encuentra mucho más limitada de lo que se cree y, a veces, también puede resultar engañosa.

Lo cierto es que todo (o casi todo) lo que se hace cuando elegimos pasar a la clandestinidad, se puede realizar en la normalidad de nuestras vidas, solo que, en ambos casos, se está actuando de manera ilegal. Lo único es que, al eliminar las restricciones y limitaciones inherentes a la clandestinidad, se participa en primera persona en cualquier momento del enfrentamiento de clases y, por lo tanto, se construye día a día –al interior del entorno social que queremos que madure hacia la insurrección y las rupturas necesarias para incrementar el choque y transformarlo en acto capaz de concretar la destrucción de todos los ganglios que componen el poder del Estado-capital: cultural, material, psicológico, y también técnico/militar.

Durante el período de formación y en el transcurso del accionar de Acción Revolucionaria, se puede decir que al interior del movimiento anarquista surgieron y se manifestaron todas o, casi todas, estas consideraciones. Definitivamente, cada quién tomó el camino que mejor se adaptaba a sus posiciones teórico-prácticas y de contribución a la lucha social en curso y, de igual forma, los compañeros de Acción Revolucionaria, tomaron su camino, marcando una experiencia más (quizás más trágica que otras, si la evaluamos considerando ciertos aspectos, pero no por eso más o menos anárquica) de las tantas que han cobrado vida en nuestro movimiento en su conjunto.

El uso de las armas y de la violencia en general –y aquí preciso que por «armas» me refiero a cualquier prótesis, material o técnica, de la que echemos mano en apoyo al desarrollo de la lucha anarquista en su aspecto concretamente destructivo– es un momento indispensable del accionar anarquista. Sin embargo, no considero que este momento sea en sí mismo un aspecto que debamos de privilegiar, en detrimento de todos los otros momentos que constituyen el conjunto del accionar anarquista. Ciertamente, considero que el uso de las armas es un “momento” de apoyo y de integración de todos los otros momentos, ya que se encuentra particularmente aislado del contexto de la lucha total y, aunque pueda ser positivo y desafiante (esto también depende de las condiciones sociales en general) no expresa el máximo potencial de las luchas y se corre el riesgo de caer en ciertos aspectos regresivos (la especialización, la auto-complacencia y por ende, la satisfacción por el nivel de profesionalidad alcanzado), que pueden hacer a un lado o, incluso, hacer desaparecer completamente la evaluación real del enfrentamiento en su conjunto y de las tareas que el movimiento anarquista debe realizar para involucrar en sí tramos más o menos sustanciales del entorno social subalterno. La dominación y la opresión no se basan exclusivamente en el uso de la violencia y el empleo de las armas. El sistema de dominación, el Estado-Capital, justo porque es un sistema, está integrado por el entrecruzamiento simbiótico de una infinidad de momentos –materiales y espirituales–, que contribuyen en mayor o menor medida, a determinar también los aspectos generales que rigen a la servidumbre voluntaria: mecanismos mentales, manipulación psicológica que, asimilados en múltiples niveles de la vida social e individual, cimentan las bases de un consenso generalizado indispensable para la existencia misma del sistema de dominación y la sociedad actual.

Costantino Cavalleri.

Sardegna, Noviembre 2011

 

El infierno que llevamos en nosotros

El Infierno, que llevamos en nosotros, corresponde al Infierno de nuestras ciudades, nuestras ciudades están a la medida de nuestros contenidos mentales, la voluntad de muerte preside el furor de vivir y no alcanzamos a distinguir cuál nos inspira, nos precipitamos sobre los trabajos recomenzados y nos jactamos de elevarnos a las cimas, la desmesura nos posee y sin concebirnos a nosotros mismos, seguimos edificando. Pronto el mundo no será más que un astillero donde, igual que las termitas, miles de ciegos, afanados por perder aliento, se afanarán, en el rumor y en el hedor, como autómatas, antes que despertarse, un día, presas de la demencia y de degollarse unos a otros sin cansancio. En el universo, donde nos hundimos, la demencia es la forma que tomará la espontaneidad del hombre alienado, del hombre poseído, del hombre excedido por los medios y convertido en esclavo de sus obras. La locura se incuba desde ahora bajo nuestros edificios de cincuenta pisos, y a pesar de nuestros intentos por desenraizarla, no lograremos reducirla, ella es ese dios nuevo que no tranquilizaremos ni rindiéndole una especie de culto: es nuestra muerte lo que incesantemente reclama.

Albert Caraco

Breviario del Caos (Fragmento)